San Salvador.- “Mi gobierno no va a participar en ninguna de las partes de la confrontación de Venezuela con Estados Unidos”, responde sin ambigüedades Mauricio Funes, premio Moors Cabot de periodismo, candidato externo de la izquierda que podría llevar al poder a la ex guerrilla salvadoreña del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN).
Aficionado a los autos deportivos, Funes, de 49 años, conduce él mismo su camioneta de campaña desde una reunión con empresarios hacia otro acto proselitista. Deja atrás a sus escoltas mientras transcurre la entrevista en la frenética recta final de la campaña por la Presidencia.
A unos días de los comicios del 15 de marzo, Funes no dejó dudas sobre la política exterior de la “izquierda moderna y realista” que quiere encabezar: “Vamos a privilegiar las relaciones con Estados Unidos, debemos construir confianza, optimizar las relaciones con Washington y mejorar la visión que se tiene en EU sobre El Salvador”, dice con énfasis, inclinándose hacia el entrevistador y copiloto.
Tampoco duda en revelar que junto con el propio Tomás Shannon, jefe de la diplomacia de Washington hacia América Latina, “buscamos una relación de estudio, de acercamiento a los problemas comunes. La inseguridad de Estados Unidos depende de que en países como el nuestro no exista pobreza que genere flujos migratorios y criminalidad”.
Para un país con una mano de obra permanente en Estados Unidos, que envía remesas equivalentes a 18 por ciento del Producto Interno Bruto, “la ayuda estadunidense debe servir para la estabilidad macroeconómica, la política exterior para el entendimiento y la colaboración hemisférica”.
Ese tema lleva directamente a su posición ante Venezuela. La alianza de los presidentes Hugo Chávez, de Venezuela, y Daniel Ortega, de Nicaragua, ha sido utilizada por Rodrigo Ávila, candidato del derechista partido gobernante Alianza Republicana Nacionalista (ARENA), para intentar igualar a Funes con la izquierda “bolivariana” que promueve la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA).
Funes denuncia la “artimaña” como una “campaña negra” y su deslinde con Caracas es rotundo: “Si suscribir otros acuerdos de carácter continental pone en riesgo las relaciones con Estados Unidos, no suscribo ningún acuerdo de carácter internacional que afecte el acuerdo con Estados Unidos. Por lo tanto, si pone en riesgo las relaciones con Washington no suscribo el ALBA”, deletrea.
Cada frase del ex corresponsal de CNN en San Salvador es pronunciada para formular un titular: “Con Venezuela estableceremos el respeto mutuo y la cooperación en niveles sociales, como en el tema sanitario, que ha permitido a la Operación Milagro devolver o reparar la visión de cinco mil salvadoreños. Pero no es mi prioridad. Mi prioridad es un acuerdo de integración centroamericana que le permita a la región tener peso internacional en la política de bloques”.
Del mismo modo que la llegada al poder de Michelle Bachelet generó expectativas sobre las cuentas del pasado, Funes aspira al poder en un país que vivió una guerra civil con unos 80 mil muertos en la década de los ochenta. Igual que la presidenta chilena —con quien ya se reunió—, cuyo padre fue víctima de la extinta dictadura, el hermano de Funes fue asesinado a sangre fría en 1980 por la policía política. Ni un rastro de revancha en su respuesta: “No puedo promover juicios contra criminales de guerra mientras no estabilice al país. Después de 17 años de paz, el país no se ha reconciliado. Si en otros países de Latinoamérica se hacen juicios sobre el pasado, eso no significa que El Salvador esté preparado para ello. No hemos alcanzado la institucionalidad democrática ni la reconciliación”, resume.
En cambio, respalda la propuesta de una “Ley de reconciliación” planteada por la Universidad de la Compañía de Jesús, que sufrió la masacre de seis sacerdotes jesuitas en 1989: “Por ejemplo, en el crimen de los jesuitas fueron juzgados los autores materiales, sin embargo los autores intelectuales están libres. La sociedad necesita conocer la verdad sobre el pasado, y no sólo por la vía judicial”.
Funes busca separarse de cualquier partidismo y venganza: “El Estado debe pedir perdón a los familiares y a los afectados de las graves violaciones a los derechos humanos que se cometieron en la guerra civil. Las víctimas tienen la libertad y el derecho de reclamar justicia, pero no es una competencia del Presidente, corresponde a las instancias judiciales”.
Aboga por la moderación y la separación de poderes: “Me comprometo a observar con atención si el expediente obliga a una investigación y respetar el Estado de derecho”. No hay olvido en sus tesis: “Dos estrellas iluminan mi campaña, mi hermano y mi hijo”, dice Funes. A menos de un mes de que lanzara su candidatura, su hijo Alejandro, de 27 años, fue asesinado en París, donde estudiaba fotografía, en un episodio reportado por la policía francesa como un “ataque racista”.
Funes sabe que si gana las elecciones gobernará en tiempos de recesión global. No ha dudado en viajar dos veces a México para reunirse con dos empresarios emblemáticos: Carlos Slim y Ricardo Salinas Pliego. En El Salvador causó revuelo al asistir, antes que el presidente Antonio Saca, a la nueva sede continental de la línea aérea salvadoreña TACA, donde desayunó con su presidente Roberto Kriete, también socio de Slim y Salinas Pliego. ¿El tema del encuentro?: “La izquierda y los empresarios nos hemos perdido el miedo, esos empresarios me han prometido que mantendrán sus inversiones en el país si llego a la Presidencia. El compromiso económico es recuperar el tejido productivo, activar préstamos internacionales a los cuales el FMLN se oponía. Es posible comenzar con acuerdos con la banca multilateral por 250 millones de dólares. Crearé una banca para la pequeña y mediana industria, otra para la agricultura, y reactivaré la construcción”.
Los recursos son escasos. Funes pone en su mira la evasión fiscal: “Suscribiré una reforma y un pacto fiscal entre empresa privada y sindicatos para frenar la evasión y el contrabando. Estados Unidos estima en 400 y 500 millones de dólares la evasión fiscal”.
El contrapeso es otro guiño a los empresarios:”Me comprometo a no crear nuevos impuestos, sino a exigir que se paguen los que ya existen, incrementar uno por ciento cada año el coeficiente de ingresos fiscales y elevar la recaudación de 13 a 18 por ciento del PIB”. Una meta que ARENA no se propone en su plan de gobierno.
La pregunta que más se hacen los analistas en El Salvador es quién gobernará si gana Funes. El candidato encabezó los sondeos durante un año, pero llegó al final con una ventaja de empate técnico. Las alianzas con los pequeños partidos de centro, centroizquierda, democratacristianos y centroderecha, que suman alrededor de 15 por ciento de las preferencias o casi 10 por ciento de votantes, definirán entonces la elección. “EL FMLN es el que más coaliciones creó para las elecciones municipales y legislativas, más que ARENA. Pero el FMLN hizo un mal manejo de los entendimientos políticos y un mal manejo de los acuerdos, hizo suponer que se trataba de imponer una candidatura. Este servidor no participó de ese proceso”. Nuevo deslinde.
En los últimos días Funes tomó en sus manos el tejido de esas alianzas. Abre el juego: “Las alianzas políticas son para ganar elecciones; pero las alianzas sociales son para garantizar la gobernabilidad, y me he dedicado a hacer alianzas sociales. Por el tamaño del país se requiere un acuerdo nacional”. El realismo antes que el paraíso. Para desencanto de bolivarianos, Funes ha prometido consolidar la democracia antes que construir el socialismo: “Sacar adelante al país sólo es posible con una cuota de sacrificios, no de la noche a la mañana. Las carencias son crónicas luego de 20 años de postergar las necesidades sociales, y voy a darle prioridad al combate a la inseguridad”.
Foco de una campaña de antiguos comandantes disidentes del FMLN, como Joaquín Villalobos, quien duda que Funes tome el control del gobierno y no sea más que una pieza de los comunistas, el candidato presidencial se planta: “Mi proyecto es la modernización de la izquierda”. El FMLN terminó aceptando el programa de cuatro negativas de Funes: No revisar los tratados de libre comercio. No revisar las privatizaciones, sería “jugar con fuego y generaría inseguridad jurídica”. No aplicar controles de precios que amenacen a los productores. No dar marcha atrás a la dolarización establecida en los noventa.
Con el micrófono en pleno mitin Funes arremete contra su rival: “¿Quién se ha reunido con Barack Obama (cuando era candidato)? ¿Quién se ha reunido con la presidenta Bachelet? ¿Quién se ha reunido varias veces con el presidente Lula? ¿Quién se ha reunido con el presidente español Rodríguez Zapatero?”. La multitud clama: “¡Mauricio Funes!”. La ausencia de Chávez en la lista es notable. Funes no ha pisado Caracas en su campaña, tampoco Managua. “¿Con qué mandatario se ha reunido el candidato de la derecha Rodrigo Ávila?” pregunta con sorna Funes: “¡Con ninguno!”. La multitud se carcajea.
La cercanía con el presidente Luis Inacio Lula Da Silva, a quien Funes ha visitado tres veces, tiene varias explicaciones. La más fácil, su matrimonio con Vanda Pignato, fundadora y representante en Centroamérica del gobernante Partido de los Trabajadores (PT).
¿Por qué los discursos de Funes son más combativos que sus spots, los cuales recuerdan la campaña de amor y paz de Lula? Porque en la tienda de enfrente hace su trabajo Antonio Solá, asesor de campaña del presidente Felipe Calderón y creador del eslogan “López Obrador es un peligro para México”.
Funes se siente seguro con su campaña “para vivir mejor”: “Estoy en manos de mis asesores”, cierra. Está confiado: su estratega de campaña es Joao Santana, el principal asesor de imagen de Luis Inacio Lula da Silva.
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