El arte del asesinato político
La hora del lobo
Federico Campbell
Hay una racionalidad, una economía en el asesinato político. En Macbeth sólo hay un tema: el asesinato. Es el más obsesivo de todos los crímenes creados por Shakespeare. El crimen, el pensamiento sobre el crimen y el temor ante el crimen se adueñan de todo. “En la tragedia hay sólo dos grandes papeles, pero el tercer personaje del drama es el miedo”, dice Jan Kott. El autor de Apuntes sobre Shakespeare relaciona esta temática con una frase aterradora que pronuncia Chen, el personaje de La condición humana, de André Malraux: “El hombre que nunca ha matado es virgen”. Virgen de asesinato. Desconocedor de esa otra dimensión que está más allá del delito.
Porque el asesinato es conocimiento y la experiencia de matar es intransferible, tan intransmisible como la experiencia del acto amoroso. Y es que, comenta Kott, “la realización de un asesinato cambia a aquel que mató; a partir de ese momento se convierte en otra persona y el mundo en que vive se convierte en un mundo distinto”.
En 1952 Jean Giono escribió el prólogo a las Oeuvres complétes de Nicolás Maquiavelo, en las ediciones de La Pléiade.
Siempre ha sido necesario asesinar, dice, palabras más, palabras menos, Giono. A partir de los tiempos de Maquiavelo, en quien no había ningún deseo de juzgar a nadie, el escritor (de quien sólo tres de sus 11 obras son políticas) siente la necesidad de privar al asesinato de toda ficción poética. La sociedad se ha vuelto más exigente. Ha sabido diferenciar entre el crimen inútil y el crimen necesario, y muy pocos de los que se cometen son inútiles. Dentro del crimen útil distingue entre el buen crimen y el crimen ordinario. Este último pasa desapercibido. Por sí solo, el buen crimen se propone a la admiración de las iglesias y el dulce obispo de Nocera, monseñor Paolo Giovio de Come, dirá con admiración que el asesinato es un “bellísimo engaño”.
Los dramaturgos del siglo posterior a Maquiavelo, Shakespeare por ejemplo, no se equivocaron. Todo el mundo sabe (y lo sabía también Maquiavelo en 1513) que un muerto ya no cuenta. Ya no cuenta y se olvida pronto. También se olvida rápido si alguien se esmera en preservar su memoria. El asesinato de nuestros días a nadie le importa: es peccata minuta. Lo único que se tiene es un hombre definitivamente cancelado. Lo que sujetaba se distiende; lo que impedía, ya nada lo impide. Una admirable economía de medios se pone en funcionamiento, pues todo se realiza en unos cuantos segundos y la productividad política del crimen es portentosa. Pero, en razón de esta velocidad que transporta instantáneamente de la nada al poder, de la miseria a la riqueza, del hambre a la saciedad, el mundo espiritual se contrae con el asesinato, como más tarde el mundo material se estrecharía con el avión. Las distancias se hacen pequeñas. Se queman etapas. Una suerte de centrifugacidad de la realidad empieza a esparcirse, como en oleadas, a partir del cadáver: un círculo de tensión que a todos degrada, ensucia y ofende, tal vez más a los espectadores que a los asesinos.
Del asesinato como una de las bellas artes, según disertaba Thomas de Quincey, hemos llegado al “arte del asesinato político”, según el título del estupendo reportaje que escribe Francisco Goldman sobre el asesinato de un obispo en Guatemala.



