84, Charing Cross Road
Pepe el toro es inocente
Jairo Calixto Albarrán
Me encontraba deambulando por los anaqueles de una librería de esas que hoy parecen supermercados con departamento de carnisalchichonería incluido, en la búsqueda de una lectura que me devolviera cierta fe perdida en la literatura, cuando me topé, literalmente, con la rotunda figura de un escritor admirable, un amigo feroz y un autor que bucea en las profundidades donde se refugian los tiburones dormidos: Jorge F. Hernández. El hombre que tiene patentada la mejor imitación de Octavio Paz pidiendo pizza, me saludó efusivamente como lo hiciera desde el primer día que nos conocimos, cuando le publicaron un libro ejemplar, La emperatriz de Lavapiés, que no debió ser finalista sino ganador del premio Alfaguara. Comenzamos a hablar de autores y piezas, políticas culturales y futbol, con sus debidas salpicadas del humor perro que caracteriza a Jorge.
La cosa es que en uno de sus arrebatos me sugirió que adquiriera un texto que sólo por su insistencia terminé llevando a casa para olvidarlo en un estante. La verdad, el título (84, Charing Cross Road) no decía mucho, la imagen de portada era demasiado bucólica (la toma de una librería antigua en color sepia ) y la autora (una oscura Helene Hanff, cuya presencia en la edición de Anagrama dejaba ver a una señora sin mucho caché) tampoco me despertaba demasiado entusiasmo. Pero una recomendación de F. Hernández no puede soslayarse nunca del todo, y un domingo tenebroso le di por fin la oportunidad, en particular porque sus 126 páginas lo hacían amigable.
No pude detenerme. Hacía años que una lectura no me parecía al mismo tiempo tan ágil, conmovedora, deslumbrante y provista de un delicioso sentido del humor. 84, Charing Cross Road es formalmente la recopilación del intercambio epistolar entre la señora Hanff (excéntrica, maniática, lectora voraz, erudita picante y divertida) de Nueva York, y Frank Doel, encargado de cumplir caprichos librescos en Londres en un periodo de 20 años que comienza en el rudo periodo de posguerra. En esas cartas se deslizan, más allá del trato entre cliente y proveedor, una afortunada pléyade de maravillas y referencias literarias, sentencias de vida que te invitan a celebrar la amistad, la solidaridad, la complicidad y la cultura.
Cualquiera que tenga aprecio por la lectura en este ejemplar encontrará un motivo para la evocación, la reflexión, el rigor y el encanto. Y hay momentos que pueden alentar entre la cofradía mucho apego: “Va contra mis principios comprar un libro que no he leído previamente: es como comprar un vestido sin probártelo”. O “jamás he conseguido interesarme por cosas que sé que jamás les ocurrieron a personas que nunca han vivido”.
Pero lo que es todavía más interesante que la obra es la autora misma. Helene Hanff se había esforzado por generar una obra trascendente, no quería sólo dedicarse a los guiones (muchos de los programas de Ellery Queen fueron escritos por ella) sin demasiado éxito. Y no fue sino hasta que recuperó su trabajo epistolar cuando pudo proyectarse gracias a una casualidad, pues lo que la llevó a cierto reconocimiento fueron aquellas misivas que había escrito sin más ambición que la de tener una animada, solidaria, entrañable relación con quienes le conseguían sus preciados libros. Gente que la quería y respetaba, además de agradecerle los víveres que les enviaba en los tiempos más crudos del racionamiento en Inglaterra.
Misteriosamente, la señora Hanff acabó sus días en un asilo, sin un centavo. Sin entender con claridad cómo había saltado a la fama sin citar demasiado a sus queridos griegos y romanos (84, Charing Cross Road fue llevada al cine con Anne Bancroft y Anthony Hopkins, y continuamente se representa teatralmente en todo el mundo). Es una tranquilidad que Helene no hubiera conocido ni Twitter ni Facebook.



