Danzón dedicado
El santo oficio
José Luis Martínez S.
En el centro de la pista del legendario salón Los Ángeles de la colonia Guerrero, el cartujo despliega su arritmia con estoicismo. Siente sobre él y su piadosa pareja las miradas asesinas de los devotos del danzón, quienes se deslizan con suavidad y elegancia sobre la duela sagrada —aunque ciertamente quejumbrosa y descarapelada por el paso del tiempo. La mayoría son viejos, pero no los han arruinado los años; al contrario, el baile los enamora y revitaliza. Esta noche de martes, con El Príncipe Felipe Urbán en el escenario, no faltan los vestidos con lentejuelas ni los pantalones bombachos o los zapatos de tacón cubano, tampoco los intrusos sorprendidos por una atmósfera de la época de oro del cine nacional. La danzonera del Príncipe toca “Piensa en mí”, y en un arrebato carnal el monje le canta al oído a su casta acompañante: “Ya ves que venero tu imagen divina,/ tu párvula boca,/ que siendo tan niña,/ me enseñó a pecar”; ella lo abofetea y abandona. Él no comprende el motivo, pero cabizbajo sale de la pista para dedicarse a recorrer la muestra Danzón dedicado a Los Ángeles, con la cual los Siameses Marisa Lara y Arturo Guerrero celebran 25 años de su exposición Ídolos del pueblo en este lugar, inaugurado en julio de 1937.
Desde la orilla admira y envidia la cintura montada en flan —como decía la querida Margo Su— de los bailarines; los piensa jóvenes, vestidos como los personajes de Salón México, en donde Marga López deviene paradigma de la cabaretera bondadosa con mala suerte y Rodolfo Acosta del padrote más ruin, con el extraordinario atractivo de bailar como los dioses. Triste y solitario, el monje está a punto de marcharse cuando lo detienen una sonrisa y una batahola. La sonrisa es de la pareja prófuga y la batahola es provocada por la llegada de Yolanda Montes, la mítica Tongolele, de quien Max Aub escribió en 1948 un encendido elogio donde, entre tantas otras cosas, dice: “Muy corta, muy pequeña, muy poca cosa. Pero en su pequeñez, en su reducido terreno, en su tamaño, reúne las más altas curvas de lo excelente. Tiene clase y baila un baile tan antiguo como el hombre: el que remeda la rotación de la tierra, el baile de la semilla, el baile del vientre, el baile de la gravitación interna”… Tongolele atraviesa la pista rodeada de admiradores, deslumbrando con sus ojos verdes y su proverbial silencio. Pero quien roba cámara es el diputado Porfirio Muñoz Ledo. Orgulloso de su dinosáurico histrionismo, en ningún momento se queda quieto y en la duela riega polilla y derrocha estilo. La orquesta comienza a tocar “Virgen de medianoche” y el cofrade sella sus labios, no se le vaya a salir eso de “Señora del pecado/ cuna de mi canción/ vine arrodillado/ junto a tu corazón” y se ofenda la novicia rebelde… QUERIDOS CINCO LECTORES, en el mar de los murmullos y con la imagen de Andrea Escalona, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.



