El fotolibro latinoamericano

Otra parte

Rogelio Villarreal

  • 2012-01-22 | Milenio semanal
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Portada de <i>El fotolibro latinoamericano</i>.
Portada de El fotolibro latinoamericano. Foto: Especial

En el Coloquio Nacional de Fotografía (organizado por el Consejo Mexicano de Fotografía en Pachuca, en 1984) Juan José Gurrola dijo que si cada una de las fotografías que se han tomado en el mundo desde que se inventó esta técnica dejara un cuadro negro en la parte de realidad que se retrata, el mundo estaría repleto de tantos marcos negros que sólo veríamos el sol entre los resquicios. De la misma manera podríamos decir, como los indios chamulas, que si cada vez que se le toma una foto a alguien se le roba el alma, acaso no quedaría mucha gente en el mundo con esa entidad inmaterial, la cual, según diversas filosofías y religiones, anima a hombres y mujeres. Los documentos fotográficos sobre la actividad humana son tan extensos y variados que podrían reconstruir por sí solos gran parte de la historia desde mediados del siglo XIX hasta nuestros días.

La historia de la América hispana y caribeña ha sido ampliamente registrada y recreada por fotógrafos y artistas desde los primeros tiempos de la invención de Niepce y Daguerre. Pronto empezaron a publicarse libros que daban cuenta de pueblos, regiones, comunidades, costumbres, paisajes, cuerpos, objetos, arquitectura, espectáculos, movimientos sociales, dictaduras y revoluciones. De esto trata un magnífico volumen publicado a fines de 2011 por la casa RM (México-Barcelona): El fotolibro latinoamericano, coordinado por Horacio Fernández y un competente comité asesor: Iatã Cannabrava, Marcelo Brodsky, Lesley Martin, Ramón Reverté y Martin Parr. Un muy completo trabajo de investigación los llevó a contactar con libreros, editores, estudiosos y fotógrafos de México a Argentina y llegar a un efectivo criterio de selección: “Debían ser libros de autores nacidos o que hubieran vivido en Latinoamérica y que hubieran participado de forma decisiva en la edición y realización de sus libros”. Otros factores que incidieron en la selección fueron “el diseño, la puesta en página, la impresión, la encuadernación y, naturalmente”, dice este comité asesor, “el discurso fotográfico”.

El extenso recorrido de El fotolibro latinoamericano comienza en los años veinte del siglo pasado y culmina en el año en que éste se publicó. En México arranca con la colección de fascículos del Álbum histórico gráfico (1921) de la Revolución mexicana, dirigida por Agustín Víctor Casasola, cinco entregas en las que se publicaron unas mil 500 fotografías de casi 500 autores. Aunque Casasola se atribuyó la autoría total de la obra los historiadores han encontrado que las fotos de Emiliano Zapata, por ejemplo, corresponden a Antonio Garduño y Hugo Brehme, autor este último del retrato de cuerpo entero del Caudillo del sur.

Sobre otra revolución, la cubana, se publicaron libros que ensalzan la gesta de los guerrilleros y los logros en la producción de caña y la alfabetización. Extraordinarios fotógrafos, como el mismo Alberto Korda —autor de la célebre foto del Che— y como Raúl Corrales, vieron su obra reducida a propaganda oficial en libros bien diseñados por artistas como Raúl Martínez y casi siempre mal impresos. El culto a la personalidad de Fidel Castro y el Che Guevara es evidente hasta lo grotesco en libros como Sartre visita a Cuba (1960), en donde la pareja Sartre-Beauvoir luce por efecto de la perspectiva siempre más pequeña que los poderosos dirigentes uniformados.

El vasto recorrido de los libros fotográficos por la historia y la vida de la región es vertiginoso y enriquecedor. Vale la pena montarse en él.

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