Mi máquina de escribir se convirtió en una nave espacial
La hora del lobo
Federico Campbell
De otra manera no hubiera conocido a George López, Bryan Ferry, Francesco De Gregori, Gerald Edelman, Eric Kandel, Bill Maher, Oliver Sacks, Nicholas Carr, Jon Kabat Zinn, porque a través de YouTube he podido asomarme al pasado, y ver también una película de 1926: Berlín, sinfonía de una gran ciudad, de Max Rutman. Todo está en internet si uno sabe preguntar.
Tampoco hubiera escuchado a la Filarmónica de Berlín ni a mis dos adoradas pianistas: Mitsuko Ushida y María Joao Pires.
Yo andaba a principios de los años noventa atreviéndome a usar mi primera computadora, una que tenía letras amarillas sobre pantalla negra; me encantó sacar de allí mi libro sobre Leonardo Sciascia y luego mi novela Transpeninsular (http://elimperiodeladios.blogspot.com/), pero luego me puse a cavilar: ¿qué es eso de pasarse a Macintosh? ¿Será una traición? Nadie me lo podía explicar.
—Tienes que sentirlo —me decía Marta Lule—. No se te puede explicar, como no se puede explicar el jazz, el orgasmo, la experiencia de la lectura profunda.
Me puse entonces a hacer una pequeña encuesta, y resultó que no pocos escritores escribían en Mac: Gabriel García Márquez, Juan Villoro, Adolfo Aguilar Zínser, Juan Marsé, Fernando Vallejo, David Huerta, Jorge Castañeda (y no Carlos Fuentes, quien todavía escribe en una Smith Corona de 1954), Jorge Aguilar Mora. Total que lo único que yo quería era una máquina de escribir, no una nave espacial. Porque una vez con al armatoste electrónico en el escritorio uno se conecta con todo el mundo y con lo que se alcanza a ver desde este mundo: puedo uno ubicarse al frente de una nave que mandó la NASA a Marte hace unos años y ver (cuando hay luz) lo que va apareciendo por delante. Total que ahí vamos en la nave espacial Tierra, según decía Buckminister Fuller, y yo lo único que quería era una máquina de escribir, como la Olivetti portátil que me regaló una profesora de Tijuana en 1967.
Pero esto de andar navegando por el ciberespacio no era la idea. Ya de mío era yo muy disperso. Mi problema siempre ha sido la impotencia para concentrarme por periodos superiores a los 10 minutos seguidos. Total, si antes no podía escribir porque se me iba el santo al cielo, ahora menos: me llovió sobre mojado y entré en la maravillosa máquina de la dispersión (somos los pioneros de una nueva época).
Pero también en la red he podido encontrar un programa para escritores dispersos, de esos que ya no escriben porque no se concentran. Allí te dicen que procures meditar, que oigas las conferencias de Jon Kabat Zinn porque, como él dice, en nuestro tiempo todos padecemos de déficit de atención. Palabras clave: attention, concentration y focus. Todos, niños y adultos, debido a que el contacto con Internet nos ha dividido la atención: ha transformado nuestra forma de leer, de pensar… y de escribir.
Además hay un cementerio cibernético, donde quedan todos los blogs de las personas muertas. El blog del poeta Alejandro Aura se puede visitar y, como en los libros, el lector puede conversar con él. Tenía razón Quevedo: vivo en conversación con mis difuntos.



