Los negocios de un periodista

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Héctor Rivera

  • 2012-01-22 | Milenio semanal
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Guillaume Dasquié.
Guillaume Dasquié. Foto: Especial

Tenía una bomba periodística en las manos. Guillaume Dasquié tenía también muy clara la idea de lo que iba a hacer con las 328 páginas de documentos clasificados como de alta seguridad nacional que había obtenido mediante el despliegue de sus habilidades como periodista de investigación del diario francés Libération. Uno de los documentos era de particular importancia en la medida en que revelaba que los servicios de inteligencia franceses habían advertido, antes del 11 de septiembre de 2001 (11-S), a las autoridades estadunidenses del más alto nivel en materia de seguridad nacional que la gente de Al Qaeda estaba desarrollando planes para secuestrar aviones.

No lo pensó mucho y marcó el número que había obtenido a su modo. Era un día de 2007, cinco años atrás. En Estados Unidos tomaron la llamada en la oficina del abogado de las víctimas de los atentados terroristas del 11-S. Con enorme aplomo, Dasquié puso a su disposición la información secreta del gobierno francés. Y le puso precio también: el equivalente en dólares de entonces de los 150 mil euros que pedía por el servicio. En el despacho de Ronald L. Motley en Carolina del Sur seguro bailaron de gusto con la oferta de Dasquié. El prestigiado litigante que representaba los intereses de más de seis mil 500 familiares y sobrevivientes de aquellos atentados, envió de inmediato a París a uno de sus representantes para revisar los documentos y negociar el pago. Dasquié, precavido, abrió en el ínterin una cuenta bancaria en la vecina Suiza, en la que comenzaron a aparecer depósitos en efectivo, producto de la venta de parte de los documentos oficiales secretos.

Sin embargo, en el curso de las pláticas algo despertó la desconfianza del enviado de Motley. O tal vez vislumbró un conflicto con el gobierno francés a la hora de hacer uso de los documentos en los tribunales estadunidenses. Dasquié vio que el negocio se venía abajo. Pidió entonces 120 mil y luego 90 mil. Al final la operación se canceló.

Dasquié se sentó entonces a escribir un reportaje tomando como punto de partida los documentos secretos sobre el 11-S, y lo llevó al diario Le Monde, que lo publicó el 17 de abril de 2007. Unos meses después, el seis de diciembre del mismo año, fue llamado por la justicia francesa para rendir cuentas por la divulgación de secretos que comprometían la seguridad nacional.

Dasquié se defendió como gato boca arriba. Alegó que sus métodos de trabajo lo habían llevado a negociar documentos con todo tipo de personas, incluidos los agentes de la seguridad nacional, que sus conversaciones con el abogado de las víctimas del 11-S las había emprendido en nombre de agentes musulmanes y que la cuenta en Suiza le servía para proteger a sus informantes. Muchos periodistas le dieron su apoyo al lado de algunas organizaciones de defensa de la libertad de prensa, sobre todo cuando se supo que las autoridades le estaban exigiendo que explicara cómo se había hecho de la información confidencial.

Dasquié acabó convirtiéndose en un héroe de la libertad de información. Por lo menos hasta hace unos días, cuando cayó en manos de la prensa francesa su expediente de la oficina de la seguridad nacional, con todos los detalles de sus turbios negocios “periodísticos”. Aunque ha quedado al descubierto, Dasquié lo niega todo, mientras sus colegas no dejan de preguntarse en estos días sobre los difusos límites de su honestidad.

Profesor-investigador de la UAM-I