Ladrones y solidarios

Diario sin motocicleta

Canek Sánchez Guevara

  • 2012-01-22 | Milenio semanal
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<i>Unidad</i>. Montañita, 2012
Unidad. Montañita, 2012 Foto: Canek Sánchez

Se acabó la tranquilidad nocturna y de paso también la diurna. A la pensión llegó una turba de jóvenes argentinos de ambos sexos, y todos y todas con el rock pop a todo volumen. Una noche llegué a contar seis fuentes sonoras simultáneas, en tonos y ritmos muy idénticos y al máximo de amplificación. Me pregunté entonces qué pensaría de esto John Cage, él, que tenía la pretensión de interpretar las nueve sinfonías de Beethoven a la vez. Luego, pasado el ataque de horror estético, me vi obligado a agregar que en el fondo ese tipo de “ruido” rara vez me molesta; he pasado la mayor parte de mi vida en culturas bullangueras y escandalosas —la cubana, para empezar—, entrenando con firmeza mi capacidad de abstracción del mundo material. Por otro lado, ¿qué podría reprochar yo a unos jovencitos que vacacionan y fiestean sin más preocupación que extender cada noche hasta las cuatro de la madrugada?, ¿qué culpa tienen ellos que justo sean ésas mis horas de mayor trabajo e introspección? ¿Y no he sido yo mismo en exceso ruidoso y en exceso adolescente durante un tiempo excesivamente largo, incordiando sensibilidades y paciencias por doquier? Además, justo es decirlo, estos chicos no son antipáticos ni impertinentes, y su único defecto real es que les gusta —e imponen su gusto por— ese estúpido rock pop de mierda.

La otra tranquilidad se esfumó cuando unos ladrones cibernéticos intervinieron uno de los dos cajeros del pueblo, y todo el que intentó sacar dinero aquel día fue virtualmente despojado del mismo. Al revisar mi saldo en internet aparecían cuatro retiros desde Barcelona, y mi cuenta con tres pesos. Una chilena me contó que la suya la dejaron en ceros. Mientras camino por la calle principal con la vista clavada en el piso, organizando números en la cabeza con la vana esperanza de cuadrar las cuentas, a la vez encabronado y admirado por el ingenio de estos nuevos ladrones, tropiezo con el policía del pueblo —de éste y de otros dos— y le cuento lo ocurrido. El policía, un tipo acostumbrado a no meterse en nada (pues si tuviera que encerrar a cada borracho y drogadicto del poblado el vacío sería casi absoluto), responde que los del banco ya vinieron a arreglar el cajero y que, en efecto, le robaron a un montón de gente: “Usted sabe —suelta el policía en confianza—, aquí vienen muchos peruanos a robar”, y sigue con su rondín. Doy vuelta en una esquina con la resignación que otorga ser parte de una manada de borregos trasquilados, y encuentro a unos amigos ecuatorianos con quienes comparto mi frustración, así como el comentario del policía. El menos joven de ellos revira: “¡Qué van a andar robando así los peruanos, si son todos analfabetos! ¡Seguro que fueron colombianos!”.

Cada vez que oigo a alguien soltar aquello de “Nuestra América”, “Nuestros hermanos latinoamericanos” o “Latinoamérica unida”, me dan ganas de repartir bofetones conceptuales a diestra y siniestra. Si en México son los guatemaltecos, en Guatemala los salvadoreños; por su parte, salvadoreños y hondureños se desprecian mutuamente, y ambos son mal vistos en Nicaragua; los nicas, en cambio, son la plaga de Costa Rica, y a los ticos no los aguanta nadie en Centroamérica, mientras en Panamá todo mal es culpa de los colombianos. En América del Sur los choques nacionales no son menos intensos ni estereotipados; por el contrario, siendo las diferencias económicas, culturales y sociales más notorias, el abismo se profundiza. Al conversar con diversos amigos, sin importar su origen, escucho siempre comentarios sobre sus vecinos, sobre los migrantes más cercanos y voluminosos, y, racismos y diferencias aparte, los lugares comunes son siempre iguales: los bolivianos esto, los argentinos aquello, los chilenos no se qué, los venezolanos tanto, y así por el estilo.

En general, las actuales repúblicas hispanoamericanas heredaron sus límites de la propia estructura provincial de la Colonia, a su vez nutrida de territorios culturales previos y de propiedades feudales creadas por el conquistador. Nacidas las repúblicas —es decir, independizadas del contenedor común—, esas distinciones se acentuaron no sólo culturalmente, también política, económica y patrióticamente. No es que antes del advenimiento de las naciones y las nacionalidades no existieran desencuentros regionales de todo orden, sino que éstos se acentuaron una vez establecida la ficción ideológica de la Patria en tanto contenedor apriorístico, al grado de que hoy es común escuchar sandeces como “a fines del siglo XVIII México era...”, en una época en que ni México ni ningún otro país del continente existía (salvo la entonces naciente Unión y el desastre llamado Haití). Si la Nación fue necesaria para acabar con el orden medieval y monárquico, ¿en qué momento comenzó a convertirse en un estorbo para otras formas de organización y administración de los recursos?

Nunca es agradable quedarse tirado sin dinero, pero que ocurra el día previo al vencimiento del alquiler, en los últimos días del visado y con el ánimo justo para partir rumbo al sur, es una auténtica jodienda. Una vez presto a romper con el encanto de esta microsociedad multinacional que es Montañita, me veo anclado una vez más a la espera de que me envíen otra tarjeta (la tercera en dos años) y a que el banco me devuelva el dinero que yo no retiré. Mientras tanto, los amigos del pueblo se confabulan para facilitarme la existencia. El administrador de la pensión, un mulato fino de La Habana que pavonea sus músculos por la calle mientras las niñas se derriten a su paso, fue el primero en saltar: “Hermanito, tú aquí no tiene problema; resuelve tu asuntico y despué arreglamo lo nuestro”. El último dinero que me queda lo guardo para las comidas de dos dólares del dominicano, los cigarros de uno cincuenta en la tienda del bigotón y la garrafa de agua con la que cada día mato la ansiedad. En el café de la francesa de lindos ojos siempre puedo tomar un par de dosis a cuenta; el internet me lo presta un camarada ecuatoriano; mi vecino el gallego me regala buenos trozos de tortilla con patatas, y nunca falta un argentino o un colombiano que invite un trago o algo más fuerte. La vida, en efecto, se simplifica con la solidaridad internacional, con la unión de los trabajadores del mundo.

Las naciones, por su parte, conspiran con sus leyes contra esta idealidad.