Olga y Jorge: Seis días de luna de miel, y al naufragio

Estupidez y cobardía del capitán, además de negligencia y falta de preparación de la tripulación, causas del naufragio del crucero italiano Concordia, donde una pareja mexicana iba en viaje de bodas.

  • 2012-01-22 | Milenio semanal
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Un buzo de la policía italiana revisa, el 19 de enero pasado, el casco del crucero Costa Concordia, encallado en la isla de Giglio en el Mediterráneo.
Un buzo de la policía italiana revisa, el 19 de enero pasado, el casco del crucero Costa Concordia, encallado en la isla de Giglio en el Mediterráneo. Foto: EFE

BRUSELAS, Bel.- Un estruendo rompió la calma de la cena. Las luces se apagaron y la incertidumbre se instaló en el salón donde los pasajeros permanecían en total oscuridad. Eran las 21:45 del viernes 13 de enero en las aguas del Mediterráneo italiano. “Quien les habla es el capitán”, escucharon, entre la negrura y después de un rato, los comensales y la tripulación. “Disculpen las molestias. La situación está bajo control. No se preocupen. Se trata de un pequeño incidente eléctrico, lo estamos resolviendo”, aseguró a través de los altavoces. No era así. El crucero italiano Costa Concordia, con tres mil 200 pasajeros y mil tripulantes, estaba en camino a naufragar.

Junto con cientos de pasajeros más, Jorge Íñiguez y Olga Velarde, un matrimonio mexicano recién casado que había decidido pasar su luna de miel en El gigante del mar, escuchó atento la voz del capitán Francesco Schettino. Por un momento los dichos del comandante, que se había presentado en el salón con un elegantísimo uniforme blanco, tranquilizaron a la pareja. Sin embargo, los minutos transcurrieron sin que los jóvenes conocieran más noticias y sin que el buque recuperara su marcha normal. Habían llegado el jueves 12 a Roma, procedentes de Guadalajara, con la ilusión de visitar por primera vez y a bordo del crucero la capital italiana y otras ciudades de Francia y España.

Ni ellos ni los demás pasajeros tenían idea de que unos minutos después de partir del puerto de Civitavecchia, el capitán Schettino había decidido navegar cerca de la isla de Giglio para saludar al capitán retirado Mario Palombo, quien tiene ahí una casa, según dio a conocer la prensa italiana con base en un documento con declaraciones del capitán al juez de Grosseto, capital de la provincia homónima en la Toscana. Luego de una llamada telefónica, el capitán supo que Palombo no se encontraba en la isla; no obstante, ya le había pedido al jefe del comedor del buque, Antonello Tivoli, oriundo de la misma isla de la Toscana, que subiera a la sala de mando para hacerle el mismo gesto conocido en la jerga marítima como “la reverencia”, el cual consiste en pasar pegado a tierra haciendo sonar la sirena del barco.

No era la primera vez que Schettino realizaba la maniobra: un reporte de la organización marítima Lloyd’s List Intelligence (LLI), reporta que la había llevado a cabo el 14 de agosto pasado. En una imagen que coteja ambas rutas se aprecia la mínima distancia que hizo la diferencia. Fuera del crucero, en la misma isla de Giglio, la propia hermana de Tivoli tuvo conocimiento de la operación, y unos minutos antes del accidente, a las 21:08 horas, escribió en Facebook: “Dentro de poco pasará cerca el Concordia”. No obstante, al ver el desarrollo de la peligrosa maniobra, el jefe del comedor alertó al capitán: “¡Cuidado! ¡Estamos demasiado cerca!”.

Algunos de los pasajeros del <i>Costa Concordia </i>reciben asistencia médica en Savona, Italia, el 14 de enero pasado.
Algunos de los pasajeros del Costa Concordia reciben asistencia médica en Savona, Italia, el 14 de enero pasado. Foto: Luca Zennaro/ EFE

UNA CIUDAD FLOTANTE

Ocho horas antes, al subir por primera vez a un crucero, Jorge Íñiguez, dueño de un negocio de materiales de construcción en Guadalajara, pensó que se trataba de una ciudad flotante. El joven de 26 años dijo en entrevista con M Semanal que no les había dado tiempo de recorrer todo el barco. “Vimos los camarotes, algunos restaurantes y la recepción”, comentó. “Sabíamos que había dos albercas y una pista para correr, pero no las alcanzamos a ver”. Y no era para menos: el Concordia medía lo que tres canchas de futbol: 290 metros de eslora y 38 de manga, y pesaba alrededor de 114 mil toneladas, con capacidad para alojar a tres mil 780 personas en camarotes de lujo (505 de ellos con balcón) y 70 suites, y a mil 68 tripulantes alojados en otros mil 500 camarotes.

Jorge y Olga, una chica nayarita de 23 años, miembro de la conocida familia Velarde de Tepic, dueños de una de las madererías más antiguas de la capital del estado, no alcanzaron a gozar del teatro, el cine en la alberca, el gimnasio, los bares temáticos, el casino y el simulador de autos Gran Prix. A pesar de todos estos servicios, el Concordia se encontraba lejos del lujo y la exclusividad de otros cruceros como el Oasis of the Seas, considerado el mejor crucero del mundo, el cual cuenta con pista de hielo y producciones de Broadway a bordo. Hoy se sabe que la construcción del Concordia tuvo un costo de 500 millones de euros, y que su mala fortuna estuvo dictada desde el día de su botadura, el siete de julio de 2006, cuando la modelo Eva Herzigova no logró romper la tradicional botella de champaña sobre su armazón de hierro.

El 19 de enero, un helicóptero levanta a pasajeros del <i>Concordia</i>, encallado con una inclinación de 80 grados en la isla de Giglio.
El 19 de enero, un helicóptero levanta a pasajeros del Concordia, encallado con una inclinación de 80 grados en la isla de Giglio. Foto: Vincenzo Pinto/ AFP

“ALGO NO ESTÁ BIEN”

Las luces del barco se prendían y apagaban. “Algo no está bien”, pensó el tapatío al ver que los minutos transcurrían y no recibían información. “La tensión subió cuando los pasajeros vimos que el barco comenzaba a recargarse del lado izquierdo (a babor)”, comentó Jorge. Entre la tripulación hubo un hermetismo total, porque los meseros y el personal de servicio tampoco recibían información. Sin saberlo, debajo de ellos el agua del mar Tirreno se colaba con rapidez por una grieta de 70 metros de largo que unos escollos habían abierto con la facilidad con que un cuchillo corta un trozo de carne. La fatal abertura se produjo bajo la línea de flotación del buque. En segundos, el agua entró en un par de compartimentos estancos que medían entre 15 y 20 metros de ancho; sin embargo, la misma fisura permitió la entrada de agua justo donde se encontraba la sala de máquinas y la sala de control de las mismas.

A las 21:58 horas el Concordia se encontraba a 150 metros de la costa. Tras ser notificado por sus técnicos sobre el estado del barco, el capitán Schettino hizo avanzar lentamente al gigante del mar hacia tierra, sin informar aún del peligro que corrían las cuatro mil 200 personas a bordo. Alarmados por la extraña inclinación y la falta de información, varios pasajeros comenzaron a realizar llamadas telefónicas a través de sus celulares. Una de ellas alertó a la capitanía de Livorno, la misma que regresó la comunicación a la sala de mando del Concordia a las 22:14 horas para indagar sobre el estado del navío, según reveló el diario de la capitanía dado a conocer por el periódico italiano La Reppublica. “¿Todo bien?”, preguntaron; “Sí, sólo un fallo técnico”, mintieron desde el crucero.

“Sentimos mucho temor cuando ya la inclinación era mucha, y pensé: ‘¿Cuándo nos van a sacar’”, relató el joven empresario un día después del accidente desde una habitación de un hotel cercano al aeropuerto de Roma. Como otros cientos de pasajeros, la pareja (que había contraído matrimonio apenas el siete de enero, en una “hermosa boda”, según contó Olga) subió a la cubierta del barco. En su camino se encontraron con algunas puertas que se abrían por los golpes de algunos carritos de servicio que chocaban contra ellas debido al ladeo del navío. “Lo primero que hicimos al llegar arriba fue tomar un chaleco. Entonces buscamos un bote salvavidas, por lo menos para estar cerca de él para abordarlo”. En ese momento la incertidumbre y el miedo ya se habían apoderado de todos los pasajeros y la información seguía sin aparecer por ningún lugar.

Imagen satelital del crucero italiano, captada el pasado 17 de enero, que lo muestra encallado en el Mediterráneo.
Imagen satelital del crucero italiano, captada el pasado 17 de enero, que lo muestra encallado en el Mediterráneo. Foto: Digitalglobe/ Reuters

EN MEDIO DE LA NOCHE

En espera de subir al bote salvavidas, Jorge y Olga vieron a un argentino forcejear con el cocinero filipino a cargo de la embarcación de emergencia, que no les permitía subir porque aún no tenía orden de desalojar el barco. Los mexicanos escucharon gritos de desesperación de muchas de las personas de 62 nacionalidades que la empresa reportó que viajaban a bordo del Concordia, entre ellas alemanes, franceses, españoles, peruanos, ecuatorianos y uruguayos. La pareja también vio cómo algunas personas se comenzaban a golpear al querer estar cerca de la puerta de acceso a los botes salvavidas. “Los empujones y la confusión duraron mucho. Yo abracé a mi esposa para seguir avanzando para tratar de alcanzar un asiento cuando nos dejaran subir. Vi pasar gente con la nariz rota y sangrando”, contó Jorge.

Según la Fiscalía de Grosseto, a las 22:40, una hora después de que ocurriera el impacto y con el barco ya inclinado y encallado, el capitán Schettino, de 50 años de edad y 30 de experiencia como marinero, informó finalmente por radio a la capitanía de Livorno sobre lo acontecido en el barco. Sin embargo, la tragedia ya no tenía reversa y una hora más tarde, a las 23:30, aún con pasajeros a bordo y en contra de la tradición naval, Schettino y su vicealmirante, Ciro Ambrosio, decidieron abandonar el Costa Concordia. Unos días después, en su declaración ante el fiscal de Grosseto, el capitán se justificó diciendo que se había caído a una lancha salvavidas.

En ese momento Íñiguez y su esposa presenciaban los momentos más álgidos de la noche. Finalmente, después de hora y media de espera, a las 22:58 el personal filipino recibió la orden de abandonar el barco; sin embargo, según Jorge, en el momento no entendieron “porque muy pocos de todos los filipinos y tailandeses que trabajaban en el barco hablaban inglés, lo que empeoró la tensión. Lo peor fue que ni siquiera sabían cuánta gente cabía en el bote, ni desengancharlo de la grúa, ni manejarlo”. Fue un pasajero italiano quien tuvo que operar la embarcación en medio de la noche para llegar a tierra porque “el cocinero no sabía hacerlo. Incluso, cuando estábamos en el agua casi se estrella contra el barco”, aseguró.

Con otros pasajeros, Jorge y Olga dejaron el barco, inclinado 80 grados a estribor, a bordo de una lancha salvavidas color naranja. Alrededor de las 12 de la noche pisaron por fin Giglio. “Duramos mucho tiempo ahí. Hacía muchísimo frío y nadie nos decía nada”, comenta. “Nos quedamos en el embarcadero. Ahí estuvimos todos. Algunos que llevaban niños se refugiaron en una iglesia”. Más tarde, alrededor de las cuatro de la mañana y por iniciativa propia, abordaron un ferry que estaba en el mismo embarcadero de la isla, el cual los condujo hasta la península, donde ya los esperaban la Cruz Roja y otros servicios de emergencia.

El capitán del <i>Costa Concordia</i>, Francesco Schettino, al ser detenido en Grosseto, Italia, el 14 de enero de 2012.
El capitán del Costa Concordia, Francesco Schettino, al ser detenido en Grosseto, Italia, el 14 de enero de 2012. Foto: Enzo Russo/ EFE

DEMASIADO TARDE

A las 01:45 horas ya del sábado 14 de enero, el comandante de Livorno, de apellido Di Falco, se enteró de que Schettino había dejado el barco. Entonces se comunicó con él para exigirle que regresara a la embarcación: “Escuche, Schettino, hay personas atrapadas a bordo. Vaya con su lancha por debajo de la proa de la nave, por el lado derecho. Súbase a bordo y me dice cuántas personas están allí. ¿Está claro? Estoy grabando esta conversación”. A lo que el capitán respondió: “Pero ¿se da cuenta de que está oscuro y no se ve nada?”. Entonces De Falco lo increpó: “¿Y no quiere volver a su casa, Schettino? ¿Está oscuro y quiere volver a su casa? Suba a proa por la escalera y me cuenta qué se puede hacer, cuántas personas hay y qué necesitan. ¡Ahora! (...) Hay cadáveres, Schettino”. “¿Cuántos cadáveres hay?”, preguntó el capitán. “No lo sé... Sé de uno. Escuché que había uno. Usted es el que me tiene que decir cuántos hay. ¡Dios!”.

Empero, el capitán Schettino no regresó al barco. Permaneció a la orilla de la isla “coordinando las tareas de rescate”, hasta que la policía italiana lo detuvo, acusado de homicidio culposo, naufragio y abandono de la nave. La mañana de ese sábado 14 de enero las autoridades italianas informaron que tres personas habían muerto y que había 40 desaparecidos. Sin embargo, durante los trabajos de rescate el número de víctimas subió a 11 y una veintena más seguían desaparecidas entre los pasillos de El gigante del mar, que permanece a medio hundir, recargado sobre el fondo marino de la bahía de Giglio. El miércoles 18 de enero, gracias a la declaración filtrada de Schettino, se supo que había admitido ante la jueza de Grosseto haber virado el buque “demasiado tarde”. Al respecto, las autoridades aún deben recomponer las secuencias de lo sucedido en el puente de mando la noche del 13 al 14 de enero, cuando se produjo el naufragio.

De muchos detalles, como el de la huida de Schettino, Íñiguez se enteró por la prensa, por lo que consideró que hubo negligencia del capitán. “Nunca se supo, ni se vio al capitán. Nunca habló con los pasajeros, ni tomó iniciativas. Escapó del barco”, dijo. Ambos mexicanos aseguraron que entablarán una demanda para exigir el pago de indemnización por daños en contra de la compañía naviera o la agencia de viajes que en México les vendió el viaje, aunque la primera ya dijo que va a “reembolsar el billete y el resto de gastos materiales”.

A pesar de que la pareja no perdió su equipaje, debido a que desde que abordaron el barco lo reportaron como extraviado en el aeropuerto de Roma, sí sufrieron la pérdida de sus pasaportes, tarjetas bancarias, celulares y efectivo. Los daños, calculan los recién casados, ascienden a unos 75 mil pesos —30 mil del crucero, 35 mil de los vuelos y 10 mil de hospedaje. Jorge y Olga regresaron el mismo 15 de enero a México, donde pronto esperan encontrar otro destino para reanudar su luna de miel.

Julio I. Godínez Hernández