Operación célula dormida sobre la muerte de Fidel Castro

Ante la longevidad y la deteriorada salud del líder de la Revolución Cubana, los medios del mundo esperan ganar la exclusiva de su deceso. El gobierno cubano hizo ya en 2006 un simulacro para enfrentar esa inevitable situación.

  • 2012-01-15 | Milenio semanal
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El presidente cubano Fidel Castro a su arribo al aeropuerto de Córdoba, Argentina, en julio de 2006.
El presidente cubano Fidel Castro a su arribo al aeropuerto de Córdoba, Argentina, en julio de 2006. Foto: Juan Mabromata/ AFP

La muerte del líder cubano Fidel Castro es el evento mediático más esperado por los medios internacionales de información. Los frenéticos preparativos internos tejidos durante años para esa ocasión, que contemplan una “caja negra” con obituarios, semblanzas y enfoques de todo tipo, se activan cada vez con mayor frecuencia a la menor murmuración. El monopolio de la búsqueda de esa codiciada primicia, que por décadas estuvo en manos de las poderosas agencias mundiales de noticias, ahora es disputado por las redes sociales activadas en internet. El colmo es que se han creado portales electrónicos dedicados a especular día a día sobre su salud, un tema que ha sido el supremo secreto de Estado en Cuba.

Este 2012 comenzó con una nueva versión de Radio Bemba, que se convirtió en el tema mundial dominante en Twitter. El murmullo creció de boca en boca hasta alcanzar la audiencia necesaria para alcanzar la categoría de trending topic. La escritora cubana Zoé Valdés asumió la responsabilidad de haber recogido y lanzado a la red electrónica global el rumor que crecía en las calles de La Habana: “El primer twitteo del rumor, bola u bulo de la muerte de Fidel Castro lo puse yo ayer (lunes dos de enero) en la red, aclarando que había que confirmarlo, puesto que se trataba de una bola, como es habitual desde hace años en Cuba”.

Miles de internautas ignoraron la aclaración y se hicieron eco del runrún con sus propias versiones. Y lo peor: algunas agencias mundiales de noticias, cuyos periodistas son la infantería que provee el platillo informativo internacional que Fidel devora cada día, le dieron fuerza al cuento y reportaron que los usuarios de Twitter habían dado por muerta a la figura latinoamericana sobre la que más se ha escrito en todos los tiempos. Esta es la tercera vez que se reporta el final de la vida del hombre que ha gobernado la isla por más de cinco décadas, desde que en agosto pasado cumplió 85 años. Sobre la muerte de Fidel se especula aún más desde que en 2006 se volvió octogenario. En aquel año sufrió una repentina hemorragia intestinal que lo tuvo a un paso de la muerte, y lo obligó a delegar el poder que ejercía desde enero de 1959 en su hermano menor Raúl, quien cumplió 80 abriles en junio pasado, y que fungía entonces como comandante de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, las míticas FAR.

Siempre hay alguna razón para dar por ciertas las murmuraciones sobre la muerte de Fidel. La novelista Zoé Valdés, que en los años ochenta representó a Cuba ante la UNESCO en París, y quien ahora expresa su desencanto con la Revolución en sus colaboraciones en diarios de España y Francia, como El País, El Mundo, Le Monde, Libération y Le Nouvel Observateur, comentó que divulgó la comidilla popular porque Fidel no aparece en público desde hace varios meses. Tampoco aparecía hace meses la columna política titulada “Reflexiones del compañero Fidel”, la que Castro publica desde 2007 para dar su última batalla por las ideas, hasta que reapareció apenas el ocho de enero pasado con extractos de frases sueltas que El Caballo, El Fifo o El Barbas ha dicho en algún lugar, según testigos, entre ellos el presidente venezolano Hugo Chávez, quien libra su propia batalla contra el cáncer, y el iraní Mahmoud Ahmadinejad, quien el 11 de enero aseguró que durante su visitra de pocas horas a la isla lo vio “sano y salvo” cuando se reunieron en una cita de la que no hubo registro periodístico.

Fidel recibe ayuda para levantarse tras su caída accidental en Santa Clara, Cuba, el 20 de octubre de 2004.
Fidel recibe ayuda para levantarse tras su caída accidental en Santa Clara, Cuba, el 20 de octubre de 2004. Foto: Adalberto Roque/ AFP

LA FRAGILIDAD DE LA VIDA

Fidel afirma que han atentado contra su vida decenas de veces y que las conspiraciones suman centenares. En una entrevista prolongada por días con el periodista francés Ignacio Ramonet (Biografía a dos voces), relató que los intentos para matarlo “fueron decenas, algunos estuvieron muy cerca de tener éxito; suman en total, registrados, más de 600 planes elaborados”. Son las cuentas de la Seguridad del Estado cubano. Un año después de sufrir una caída ante la televisión internacional, el 20 de octubre de 2004, bajo el gigantesco mausoleo donde reposan los restos del Che Guevara en la ciudad de Santa Clara, cuando Fidel se rompió el brazo derecho y la rodilla izquierda, los servicios de inteligencia de Estados Unidos anunciaron que su vida era tan frágil como la de cualquier ser humano y que padecía el mal de Parkinson. “Ellos están esperando un fenómeno natural y absolutamente lógico que es el fallecimiento de alguien”, dijo el cubano pocos meses antes de la dramática hemorragia intestinal.

El conocido humor negro de Fidel brotó de nuevo: “En este caso me han hecho el considerable honor de pensar en mí. Será una confesión de lo que no han podido hacer por mucho tiempo: asesinarme. Si yo fuera un vanidoso podría estar incluso orgulloso de que esos tipejos digan que tienen que esperar a que yo muera. Todos los días inventan algo: que si Castro tiene esto, que si tiene lo otro, si tal o cual enfermedad. Ahora inventaron que tengo Parkinson; dice la CIA que descubrió que yo tenía Parkinson. Bueno, no importa. El papa Juan Pablo lo tenía y estuvo un montón de años recorriendo el mundo”.

Así se expresaba Fidel poco antes de que enfermara de gravedad, estar al borde de la muerte con las entrañas hechas trizas y ser llevado al quirófano con los intestinos sangrantes. La versión oficial asienta que se debió al “enorme esfuerzo” realizado durante una gira por Argentina, su último viaje fuera de la isla, cuando fue la estrella de una Cumbre del Mercosur, y tras su enérgica intervención en los actos por el aniversario 53 del asalto al Cuartel Moncada.

El grave incidente médico se produjo a bordo del avión de Fidel, sin médico a bordo, en la ruta de 730 kilómetros que va de Holguín a La Habana, por lo cual la nave debió aterrizar para el urgente ingreso hospitalario del paciente. Un cable de la oficina del gobierno estadunidense en La Habana, filtrado por WikiLeaks (organización que divulgó la base de datos de la diplomacia de Washington), fue publicado hace apenas un año en el diario español El País por su ex corresponsal en La Habana y México, Juan Jesús Aznares: “Le fue diagnosticada una diverticulitis de colon, que consiste en la inflamación de los divertículos, protuberancias en el tramo final del intestino”.

Pero quien mejor tiene prevista su muerte es el propio Fidel: “No vamos a describir, no vamos a contar qué medidas tenemos previstas. Tenemos medidas tomadas y medidas previstas para que no haya sorpresa, y nuestro pueblo debe saber con exactitud qué hacer en cada caso. Que nuestros enemigos no se hagan ilusiones: yo muero mañana y mi influencia puede crecer. Una vez dije que el día que muera de verdad nadie lo iba a creer. Podía andar como el Cid Campeador, que ya muerto lo llevaban a caballo ganando batallas”.

Miami. Santiago Portal muestra un cartel tras el anuncio de Castro de que no aceptaría ejercer de nuevo el máximo cargo político en la isla, en 2008.
Miami. Santiago Portal muestra un cartel tras el anuncio de Castro de que no aceptaría ejercer de nuevo el máximo cargo político en la isla, en 2008. Foto: Joe Raedle/ AFP

LA CÉLULA DORMIDA

Cuando Fidel enfermó hace cinco años, la agencia de noticias para la cual yo trabajaba me ordenó viajar a La Habana sin visa de corresponsal, un documento que tarda una eternidad en conseguirse, si es que se logra, luego de pasar decenas de engorrosos controles de la Seguridad del Estado cubano. Me ordenaron abordar el primer vuelo desde Caracas, donde entonces cumplía la función de jefe de redacción para Venezuela y el Caribe de aquella agencia. La misión: crear una “célula dormida” en La Habana.

El nombre en clave de la misión procede del lenguaje del espionaje y el terrorismo internacional, conocido luego de los ataques de septiembre de 2001 en Estados Unidos, ya que los pilotos suicidas de Al Qaeda que secuestraron aviones para estrellarlos contra las Torres Gemelas y el Pentágono llevaron vidas anodinas durante años, como ciudadanos comunes y corrientes, mientras se preparaban para el gran día de los ataques. Eran “células dormidas” del extremismo islámico. Fuimos tres los periodistas de la agencia quienes llegamos de refuerzo con nuestros rudimentos conspirativos para practicar ese nuevo concepto informativo, aún ahora poco conocido, desarrollado por las agencias durante las guerras en Irak y Afganistán.

La instrucción que recibí entonces fue entrar como turista antes de que se cerrara el acceso a la hermética isla caribeña. La misión era fingirme un turista alojado en los hoteles de lujo de La Habana para recoger toda la información posible sobre la salud de Fidel, y, llegado el momento, reemplazar al equipo acreditado en la oficina de Cuba. Como indica la experiencia, el equipo acreditado y oficialmente vigilado por las autoridades cubanas reventaría muy pronto, víctima del agotamiento, a la primera semana de una intensa cobertura sin dormir lo necesario y exhausto ante los desarrollos del funeral más esperado de todos los tiempos.

Aquella noche del 31 de julio de 2006 me sorprendió ver el estallido de fuegos artificiales desde los enormes ventanales de mi departamento en el exclusivo barrio caraqueño de Los Chorros, que se abrían ante el imponente cerro del Ávila que domina Caracas y oculta a la capital venezolana de las costas del mar Caribe. Apenas había descorchado una botella de vino, necesaria para cenar al final de una más de las agotadoras jornadas en Venezuela (una de las coberturas más demandantes para un corresponsal extranjero en América Latina), cuando recibí en mi celular una llamada del jefe para América Latina de aquella agencia. Maldije y escuché: “Bueno, supongo que ya supiste lo de Fidel”. Admití mi ignorancia con una broma fácil: “Ya sé: se murió y quieres una reacción de Chávez”. La respuesta fue más desconcertante: “No lo sabemos aún, pero ha delegado el poder en Raúl. Hemos dado un urgente”. Con su acento argentino del puerto de Buenos Aires, dijo sin más: “Tomate el primer avión a Cuba. Recogé toda la información posible, pero no te presentés en la oficina de La Habana; vas a crear una ‘célula dormida’, algo así como vacaciones pagadas en un hotel de cinco estrellas”.

Abandoné la cena en los aperitivos y me preparé para volar hacia Cuba. Me reconfortó que dos viejos colegas y amigos se sumarían a la misma misión: un viejo amigo anglófono (con quien cubrí la caída del PRI en julio del 2000) viajaría desde Miami, y un francófono simpático llegaría desde la Ciudad de México. A la mañana siguiente, cuando tenía el boleto y la maleta en la mano, recibí los detalles: no debía llevar mi computadora portátil, y desde ese momento escribiría por correo electrónico a una tía ficticia, con fingida inocencia, mis relatos de viaje. Una cobertura impublicable dirigida en realidad al jefe de redacción para América Latina de una de las agencias de noticias dominantes.

Lo hablé con mi mujer, también periodista y corresponsal de diarios europeos. El tema nos envolvió hasta la medianoche, mientras ambos tratábamos de disimular la ansiedad. “Ahora sí, quizá se murió”, pensé en voz alta. No sabíamos más. Entendíamos el desafío. Entonces ella soltó una frase que no olvido: “Debo ir también, mis clientes también me lo piden”, me dijo con su panza de cinco meses de embarazo. “¿Y la niña?”, pregunté por nuestra hija de seis años, casi para ordenarle con la entonación que se quedara en Caracas. “La llevamos”, me respondió inusualmente insegura, en una forma tal que no supe distinguir si era una afirmación o una pregunta. No dormí. Al amanecer íbamos los tres montados en el taxi del chofer de confianza hacia el aeropuerto internacional de Maiquetía, rebautizado por Chávez como Simón Bolívar.

Cuando llegamos a la sala de espera el espectáculo que vimos nos hizo sonreír nerviosos y casi reír a carcajada abierta: en los pasillos del aeropuerto nos topamos con casi todos los colegas corresponsales extranjeros en Caracas; bueno, con los más osados de siempre. Nadie nos dirigía la palabra y lo entendimos. La primera prueba fue en el aeropuerto de La Habana. Una agente de seguridad de la terminal aérea internacional José Martí separó a nuestra hija y le preguntó sobre nosotros: “¿Esos son tus padres?”, alcanzamos a escuchar. Bañados por un golpe de calor tropical, pasamos a recoger nuestro equipaje y abordamos un taxi hacia el hotel Meliá, a las afueras de la capital cubana, muy cerca del Acuario Nacional.

El presidente venezolano Hugo Chávez abraza a Fidel, en septiembre de 2006, luego de la operación sufrida por el cubano.
El presidente venezolano Hugo Chávez abraza a Fidel, en septiembre de 2006, luego de la operación sufrida por el cubano. Foto: AFP
<i>Granma </i>del 19 de febrero de 2008, con el mensaje de Castro en el que anuncia que no volverá a aceptar el cargo de Presidente de Cuba.
Granma del 19 de febrero de 2008, con el mensaje de Castro en el que anuncia que no volverá a aceptar el cargo de Presidente de Cuba. Foto: Javier Galeano/ AP

TODOS EXPULSADOS

El primer paseo de nuestro fingido turismo fue directo al corazón de La Habana Vieja. Intentamos entrar a un museo que estaba cerrado, pero el policía que cuidaba aquella ruina fue tan amigable que se convirtió en el primero en recibir la pregunta que repetiríamos a cada cubano que se nos ponía enfrente: “¿Y cómo está el Comandante?”. En esas estábamos cuando un cubanito de la misma edad de nuestra hija se le acercó juguetón. Detrás de él venía una sonriente y locuaz madre joven, en sandalias y delgado vestido tropical. No tardamos en ir por unas cajitas de cartón rellenas con el ron de los barrios. Y luego nos invitaba a penetrar en el corazón urbano de la Revolución: una asamblea del Comité de Defensa de la Revolución en plena plaza pública de La Habana Vieja. Unos militares enfundados en unos trajes color verde olivo que parecían recién salidos de una fábrica, en tallas que les quedaban grandes a sus cuerpos, sacaron unas viejas cajas enormes con altavoces y comenzaron la arenga. Primero fue entonado el himno nacional cubano. Me di cuenta, nervioso, que sólo recordaba la primera estrofa de La Bayamesa, el himno nacional de Cuba: “¡Al combate corred, bayameses, que la Patria os contempla orgullosa; no temáis una muerte gloriosa, que morir por la patria es vivir!”. Entonces vino el discurso más incómodo que haya escuchado en una de las tantas plazas públicas en las que he presenciado actos políticos por décadas: “Alertas en este momento que nuestro compañero Comandante en jefe ha delegado sus funciones en el compañero Raúl. Agentes extranjeros nos acechan para atacar a la Revolución Cubana”. Entre los pocos centenares de cubanos entre quienes nos habíamos colado, junto con nuestra improvisada guía turística, en aquel atardecer de agosto de 2006 en pleno corazón habanero nuestra frágil extranjería era una huella más que notable. Los inesperados gritos de “¡Viva Fidel, viva Raúl!”, nos dieron la primera pista de la transición en marcha. El hermano menor había ascendido al Olimpo del jefe máximo de la Revolución Cubana.

Salimos a empellones de aquella pequeña muchedumbre que se dispersaba de la misma manera en que se había congregado. La misma mujer-guía nos proponía aplacar el apetito despertado por el ron en un “paladar”, como se llama a los restaurantes populares tolerados que hasta no hace mucho eran prohibidos en Cuba. Nos metimos entre callejuelas ruinosas hasta entrar en una vecindad (como se diría en México; “conventillo” se dice en Buenos Aires, y “mesón” se llama en Centroamérica), es decir, una casona en ruinas donde cada cuarto alrededor de un patio alargado se convierte en la vivienda de familias enteras. Cada cuarto tenía un televisor encendido. Entonces vino la explicación: nuestra nueva amiga tenía también una señal de cable, que en aquel entonces vendía a cada dueño de un aparato de la pantalla viva por la desproporcionada cifra de 10 dólares estadunidenses cada uno. Ese día terminó con un buen sabor de boca. La cena de langostas en un rincón entre camastros y una sala amontonada había sido compartida con un par de italianos que buscaban habanos por docenas, quienes sin disimular apuntaban a las piernas de nuestra amiga, que no tenía empacho en retar su billetera.

Pero los días siguientes, a pesar de los paseos al Acuario Nacional, las fábricas de puros, la Plaza de la Revolución, el malecón frente al Caribe y las ruinas restauradas de La Habana Vieja, los interrogatorios de los empleados del hotel se hicieron tan reiterativos que hasta nadar con un coco relleno con ginebra en la piscina con forma de serpiente les parecía inexplicable y motivo de pregunta: “¿Polqué no sales del hotel, chico?”.

Intenté contactar a mis colegas llamando al hotel y no recibí respuesta. Mi mujer buscó a sus contactos europeos y regresó pálida. Nunca la he vuelto a ver tan preocupada y frágil. “Los están echando a todos, por montones. Nadie de mis amigos en La Habana quiere saber de mí”, me confesó. Nos fuimos apresurados al céntrico hotel Colonial en una moto con toldo amarillo, uno de los folclóricos “Coco-taxis”, cuyo conductor nos contaba sus desgracias llorando de veras. No encontré a mis amigos y les dejé un recado. Esa noche no respondieron el mensaje. Ni esa ni las siguientes. Lleno de dudas y temores, volví a llamar. La voz de mi colega anglófono sonó clara pero inesperadamente fría: “Qué curiosa coincidencia vacacionar en La Habana en estos días”. Remató con una frase incomprensible: “No creo que sea muy buena idea vernos”. Cuando se dio cuenta de mi desorientación aceptó a regañadientes cenar en una tasca española cerca de la catedral.

Mis dos colegas llegaron juntos y tarde, ya casi nos íbamos. Uno de ellos preguntó, sin más: “¿Ya sabes lo que está pasando?”. Mi negativa confirmó mi desamparo. Fue casi cruel. Recuerdo que me soltó, palabras más, palabras menos: “Saben que estamos aquí, en qué hotel y en qué habitación. Hablaron con el director de la agencia en La Habana, que hizo nuestras reservaciones desde su oficina. Él entró en pánico y dijo que había alguien más con su familia de paseo. Ya dio tu nombre. Tenemos 48 horas para abandonar la isla”. Dos botellas de vino después, cuando revisé mis correos en el hotel, encontré un mensaje cifrado del jefe para Latinoamérica: “Me alegro que estés disfrutando de tus vacaciones. Qué pena que se te terminen el lunes (era sábado). Bueno, seguí disfrutando hasta el final de esa maravillosa ciudad y de ese hotel fantástico. Saludos a tu tía”.

Soldados cubanos portan su bandera nacional durante un desfile en la Plaza de la Revolución, en La Habana, en mayo del año pasado.
Soldados cubanos portan su bandera nacional durante un desfile en la Plaza de la Revolución, en La Habana, en mayo del año pasado. Foto: Javier Galeano/ AP
Fidel Castro levanta el brazo de su hermano Raúl durante el Sexto Congreso del Partido Comunista de Cuba en abril de 2011.
Fidel Castro levanta el brazo de su hermano Raúl durante el Sexto Congreso del Partido Comunista de Cuba en abril de 2011. Foto: Javier Galeano/ AP

UN ESCAPE FURTIVO

Fue tal la enorme cofradía de corresponsales extranjeros llegados desde todos los rumbos del mundo aquella ocasión, cual notable manada, todos en los mismos vuelos, alojados en los mismos hoteles y asoleados en las mismas playas, vestidos con las mismas ridículas camisas hawaianas, bermudas y sombreros tropicales —pero con grandes cámaras, celulares, laptops y cara inconfundible de periodistas, conocidos y no—, que la Seguridad del Estado cubano se dio gusto a lo grande persiguiendo, deteniendo, interrogando, fichando y expulsando a unos dos centenares de colegas.

Hubo temores, sobresaltos, miedo. No nos rendimos. Sobrevivimos varios días más visitando la isla en recorridos para turistas europeos controlados y vigilados por agentes de seguridad, hasta que nos descubrieron y expulsaron. Abandonamos el Meliá de madrugada y viajamos en una ruta hacia Cienfuegos, donde Chávez ha renovado una refinería que procese el crudo venezolano. En las playas de un hotel de la costa, restringidas sólo para turistas extranjeros, un hombre curtido por el sol salió del fondo del mar al atardecer con una máscara de buceo y levantando una langosta en la mano. Nos sonsacó para escaparnos del control turístico en un destartalado automóvil de los años cincuenta a una casucha donde cada uno de la decena de comensales furtivos tuvo la cena tropical más desquiciante. Después vimos las filas de hombres sudorosos bajo el sol inclemente comprando cerveza caliente en conos de papel en el camión de madera de la Empresa Municipal Gastronómica de Cienfuegos; ventas de calzado con sus estantes llenos con pares de zapatos del mismo color café claro y de mismo modelo plano y liso; farmacias con unos cuantos botes cafés de medicina naturista con despachantes que se aburrían. Fuimos al pueblo colonial de Trinidad a escuchar a cinco estupendos músicos herederos de los grandes del son cubano; en Sancti Spiritu visitamos a los artesanos organizados por la Revolución; en Santa Clara nos metimos en la casa comunal, donde veteranos de muchas batallas por el mundo compraban cigarros a granel, bebían cerveza al tiempo (es decir, caliente) y ron popular, soñando con la expansión de la Revolución a Venezuela, donde alguno extrañaba a su mujer, médico internacionalista. Allí, luego de invitar rondas de rones con cigarrillos, nos escapamos para hacer una llamada furtiva a nuestra amiga del Centro Histórico de La Habana para conseguir posada. Contra la voluntad del conductor del autobús turístico que se autoproclamaba responsable de nuestra seguridad, nos bajamos con todo y maletas cerca de La Bodeguita del Medio para dormir en una casa familiar que renta precarios cuartos a turistas.

En el ensayo general del frenesí y la locura mediática que se armará con la muerte del mayor caudillo de todos los tiempos nuestros, seguimos enviando cada día desde los hoteles reportes cifrados a tías, abuelas y novias imaginarias, con detalles del ambiente como textos de turistas despistados, redactados desde los controlados “centros de negocios” hoteleros, únicos lugares entonces con acceso a internet.

Finalmente, logramos la primicia. Hallamos ese dato secreto que todos buscaban como locos ambulantes. Logramos responder a las preguntas: ¿Fidel vive o no? Si vive, ¿qué tan enfermo está? Todo fue producto de la lectura detectivesca de sutiles señales del entorno de Fidel que sólo veteranos iniciados podían leer, corresponsales experimentados, viejos amigos. Al final de nuestro rocambolesco e improvisado tour desde La Habana hasta el centro de la isla, Cienfuegos y la tumba del Che en Santa Clara (donde fotografiamos a nuestra hija junto a cubanitos descamisados y descalzos bajo un letrero gigante que rezaba: “Queremos que sean como el Che”, firmado por Fidel), conectamos a la mejor fuente posible en el cuartito de una casa medio derruida de La Habana Vieja, una noche antes de dejar la isla.

En el improvisado cuarto de huéspedes, en voz baja y a ritmo de cuatro cervezas en media hora, antes de tomar el avión con orden de salir de Cuba, nuestro viejo amigo, un veterano corresponsal que vive en La Habana desde hace muchos años, nos dijo que acababa de estar en una conferencia de prensa de la cancillería cubana para corresponsales extranjeros. Había detectado un detalle extraño, la pista: en plena emergencia por la delegación de poderes en Raúl, habían sido acreditados de una sola vez dos nuevos equipos europeos, nórdicos. La lectura del fino olfato de mi viejo amigo fue rotunda: Fidel estaba vivo y aparecería a lo grande el 12 de agosto, día de su cumpleaños. Así fue, lo supe con días de anticipación y así lo reporte a mi tía, es decir a mi jefe. Todo había sido un show o un thriller real.

En el aeropuerto, quise abrazar a un colega que esperaba su partida o expulsión en el bar de la sala de espera. Abrió los ojos de manera desmesurada y se llevó el índice a la boca, en señal de silencio. Era su manera de decir “ni te me acerques”. En Cuba, el miedo de los corresponsales no anda en burro. Con todos los elementos mayores en juego, habíamos presenciado el mayor ensayo general de una ópera antes del estreno, la puesta en escena de la muerte de Fidel.

Víctor Flores García