La triste industria de nuestro cine
La rifa del tigre
Carlos Puig
El Instituto Mexicano de Cinematografía (Imcine) informó ayer que las películas mexicanas vendieron en el 2011 la friolera de 13 millones de boletos. No está mal: es más que en 2009 y 2010, pero menos que en 2002, cuando se vendieron 14 millones y medio de boletos para películas nacionales, en lo que significó la cumbre del regreso de nuestra industria después de la década de los ochenta, cuando no se vendieron más de dos millones de boletos. Los 13 millones de boletos, por cierto, no son ni 10 por cierto de los casi 200 millones de entradas que en total se vendieron en los cines. La realidad es que el número es pésimo, si se pone frente a las esperanzas y ambiciones de los cineastas mexicanos.
Hasta el último día de noviembre se exhibieron 52 películas mexicanas en pantalla. No todas de estreno, algunas en homenajes, ciclos y otros eventos, pero entre todas promediaron 220 mil boletos por película. Las cuentas son muy sencillas: según el Imcine el precio promedio de un boleto es de 42 pesos. Es decir, 546 millones de pesos es el mercado, en un buen año, para el cine nacional.
Aunque el porcentaje que llega al productor de una película varía, se puede decir que si les va bien reciben alrededor de 25 por ciento. Es decir, para producir películas mexicanas, pagar actores, directores, fotógrafos, vestuaristas, etcétera, hay unos 136 millones de pesos disponibles. Eso es lo que el mercado permite y da en un buen año; el pasado dio mucho menos.
Nadie hace una película hoy con ocho o 10 millones de pesos. Digamos que con mucho esfuerzo se puede hacer una película con un millón de dólares. Digamos que el mercado, tal y como existe hoy, da para unas nueve películas al año, en una situación en la que ninguna ganaría dinero, pero ninguna perdería. Esos son los fríos números de la industria cinematográfica.
Es un poco absurdo, entonces, que nuestras autoridades celebren el número de películas filmadas, porque lo más seguro es que esas películas sean perdedoras. Lo cual, curiosamente, a pocos importa. Muchas de las películas que hoy se hacen son más bien vehículos de deducción fiscal gracias a la llamada “226”, número del artículo de la Ley del Impuesto Sobre la Renta por el cual las empresas pueden dar recursos a cineastas para que realicen películas en lugar de entregar ese dinero al fisco. En realidad, el incentivo no ha dado mejores películas sino muchas que le cumplen al empresario que deduce, y luego se quedan enlatadas para siempre o son un fracaso en taquilla.
Estoy convencido de que aunque las reglas, usos y costumbres de nuestra cinematografía no son conducentes a que más mexicanos vean cine mexicano, la calidad de éste también juega parte en este desastre. Ningún exhibidor o distribuidor que tenga frente a él una película que hará millones, la va a bajar por ser mexicana, ni tampoco son más crueles con las mexicanas que con otras. ¿Deberían ser más tolerantes por ser mexicanas? Esa es la pregunta que no es sencillo responder. ¿Queremos en nuestras pantallas bodrios por ser mexicanos?
Los números no mienten. Algo está mal entre el público mexicano y las películas nacionales contemporáneas.
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