Charlie Sheen, profeta de la decadencia
Pepe el toro es inocente
Jairo Calixto Albarrán
Desde J.R. Ewing, el antihéroe más venerado por encarnar los vicios de la avaricia y la lascivia en la inolvidable Dallas, no se había rendido un culto tan generalizado a un personaje que no representa precisamente los ideales de lo políticamente correcto: Charlie Harper —el hedonista don Juan de las playas de Malibú de la serie Two and a half men—, fiel a su sibarítico intérprete, Charlie Sheen, es el símbolo vivo del party animal profesional.
Sólo Sheen podría darle vida a un borracho, mujeriego, parrandero y jugador sin ser castigado por las buenas conciencias. Misógino, infiel compulsivo, macho ligador, adicto a la pornografía y a la prostitución, es, contra todos los pronósticos, adorado como objeto de culto por millones de hombres y mujeres en todo el mundo.
Quizá se deba a que sabe cómo utilizar su encanto y su cinismo para seducir a las audiencias y granjearse los aplausos. La cosa es que en pleno empoderamiento del eterno femenino, Charlie Sheen es una extraña combinación de Hugh Hefner, Johnny Bravo, Pedro Infante, Don Juan y Gordolfo Gelatino, bastión de un viejo mundo cuyos valores parecían condenados al olvido.
Quizá la promesa histriónicamente más vigorosa de su generación, Charlie demostró sus talentos bajo la tutela de Oliver Stone en Pelotón y Wall Street. En algún punto descubrió Hollywood-Babilonia y se volvió íntimo de Heidi Fleiss, la madame que proveía de carne fresca a los magnates californianos y al zoológico que nutre la insaciable industria del entretenimiento. Así inició una ruda trayectoria de escándalos y orgías, debidamente documentadas por actrices destacadas en materia de siliconas y cuerpos neumáticos todo terreno: las pornstars que lo han escoltado en los rigores de una existencia de dicha y placer.
Ellas han guardado sus sórdidos secretos (o los han revelado para documentar su leyenda de ave de tempestades) y le han brindado consuelo en divorcios, abandonos y no pocas batallas judiciales. Es una lástima que su actual relación sentimental con dos rubias espectaculares —una de ellas estrella tres X—, le provocara una zacapela en los juzgados porque sus ex esposas suponen que éstas nada castas criaturas no son un buen ejemplo para sus hijos.
Sheen se define como el desempleado más exitoso. Y lo es, cuando en dos días consiguió agenciarse millón y medio de seguidores en Twitter, pero sobre todo porque su serie televisiva no podía ser más provocadora: mientras Charlie Harper seduce chicas con frenética lujuria y compone jingles, su hermano Alan ejerce de “pocos huevos”, resentido social, parásito y pobrediablo patuleco. A su ama de llaves le da por la marihuana, la rabia y el autoritarismo, mientras que su sobrino es un adolescente marrano y sin futuro. La madre parece personaje de Bret Easton Ellis: lujuriosa, materialista, empastillada, fría y calculadora.
Por supuesto la Liga de la Decencia ve a Charlie Sheen como encarnación de Belcebú, mientras se pregunta cómo es que alguien tan inmoral en la realidad y en la ficción puede ser convertido en objeto de culto. Y es que apreciamos a los seres contraculturales y cínicos, y valoramos a quienes se abisman en la oscuridad y deambulan por el lado salvaje, pero algo más nos anima: el morbo. Seguimo los pasos de Charlie Sheen como a la camioneta de OJ Simpson con la secreta esperanza de que nos toque atestiguar, en primera fila, cómo ese bólido sin frenos se autodestruye.



