El extraño retorno de Al Bundy
Pepe el toro es inocente
Jairo Calixto Albarrán
Heredero de las glorias de Pedro Picapiedra, Ricky Ricardo y Jacky Gleason como representantes de la paternidad responsable pero imprudente, miembros de la raza cósmica de los maridos pendejos con iniciativa, nada perversos y de buen corazón, está Al Bundy. Él, en la serie televisiva Casados con hijos, consolidó el mito del padre estoico que es la piedra de toque de una familia disfuncional, como reflejo irreverente de los reaganomics, las revoluciones conservadoras y la posrevolución sexual de las material girls. Al Bundy, a diferencia de sus predecesores, también construye el mito del antipadre que serviría de modelo para el gurú Matt Groening mientras moldeaba a Homero Simpson.
Ex jugador de futbol americano que en plena decadencia añora las viejas glorias deportivas, Bundy es ajeno a los beneficios del american dream, destinado a la mediocridad de un McJob en una zapatería desprovista de renombre; sus orígenes son de white trash provisto de valores retorcidos, vulgares; tenebrosos pero divertidos.
A cambio de eso, Al Bundy está condenado al estoicismo: por eso tolera el peinado de su esperpéntica mujer, su negativa a preparar los sagrados alimentos y la comprometida búsqueda de la genitalidad de su marido, siempre reacio a cumplirle como dictan los cánones; por eso resiste y aguanta a sus dos hijos, un nini de tiempo completo y una hija de cascos ligeros, refractaria a la educación y a la cultura: una chica con mucho pasado, dudoso presente y ningún futuro a la que se le rendía culto por estar a cargo de la siempre deliciosa Christina Applegate. Bundy es El Pípila que carga esta penosa losa, y es feliz en su más preciada zona de confort: el baño.
Así conformó su leyenda Ed O’Neill, a través de encarnar a Al Bundy, con su poco agraciado rostro siempre deslavado, el color burócrata de su piel, lo pronunciado de su nariz apolínea y el rubio sin brillo de su escasa cabellera.
A partir de ahí, O’Neill quiso fortalecer su carrera con rudos papeles, desde personajes para el clásico policiaco La ley y el orden hasta revivir a uno de los más sólidos personajes del género: Dragnet, que sólo duró un par de temporadas. De ahí pasó a penar en pequeños papeles y cameos sin nada que pudiera reconstituir su celebridad.
O’Neill no tuvo más remedio que tropezarse con el proyecto de Modern Family, donde lo esperaba una especie de Al Bundy ruco, líder de una tribu conformada por toda índole de criaturas que representan a las parejas del nuevo siglo, ajenas a las convenciones, prejuicios y designios cardenalicios. Su hija está casada con un hombre en la crisis de la mediana edad que anda buscando su experiencia 40-20; su otro vástago se casó con un extrovertido gay de la zona con el que adoptó una niña filipina.
Un Al Bundy que ahora se llama Jay Prittchet, que vive una situación desahogada por su rol de selfmade man, que se ha casado con una bomba sensual a la que le da vida Sofía Vergara quien, para mayores señas, se interpreta a sí misma. Con ella sostiene ácidos y punzocortantes diálogos que recuerdan a los que tenía con su antigua compañera, Peggy Bundy, inapelablemente a cargo de la venerable Katey Sagal. O’Neill retornó a lo suyo, a ser el jefe de la tribu que puede destrozarse pero que nunca se hará daño. Una familia verdaderamente moderna, licuado de fervores y vocaciones transgresoras que por naturaleza no se crea ni se destruye, sólo te trastorna.



