El himno, el cardenal y la policía
Otra parte
Rogelio Villarreal
No deja de causarme extrañeza el hecho de que Jaime López haya compuesto la letra, lastimosamente insulsa, de un “himno” al que Aleks Syntek le puso la música y su voz, detestablemente impostada, mascando el español con afectación, como si fuera extranjero o de plano quisiera hacerlo pasar por inglés. Aunque el director de Comunicación Social de una casi desmantelada Secretaría de Educación Pública lo negó, “El futuro es milenario” sería el tema oficial de un Bicentenario tan miserable en festejos artísticos e intelectuales que más valdría olvidarse de él por el bien de todos, como dice el clásico. Seguramente Jaime López, autor de rescatables piezas roqueras y a quien admiran —o admiraban— aquellos que desprecian al popero de lentes y trajecito, fue bien pagado por esta comisión, lo que no está mal; lo raro es que parecía demasiado cómodo con el dúo que hizo con Syntek, quien mantiene desde los días de auge del rock en tu idioma una estrecha amistad con Leoncio Lara, a cargo de la pomposa Dirección Musical de la Celebración del Bicentenario. Leoncio —del ochentero grupo Bon y los Enemigos del Silencio— es hermano de Camilo Lara, quien además de ser director de la discográfica EMI Music México y fundador de la banda Instituto Mexicano del Sonido, fue uno de los músicos convocados para la grabación de la tonadita. El negocio quedó entre cuates, pues, pero ¿de quién es tan brother Jaime López? ¿O fue nomás invitado para darle un toque de seriedad o de credibilidad al asunto?
Hablando de cuestiones más graves, los venenosos insultos del cardenal Sandoval Íñiguez a los homosexuales aún enrarecen el aire. El personaje vive en las tinieblas del medioevo, o peor aún, porque la Inquisición española no tocaba a quienes estaban fuera de su jurisdicción, es decir, a todos aquellos que no eran católicos o profesaran otra religión. La Inquisición, eso sí, se ensañaba contra los herejes, los apóstatas o los conversos que practicaban en secreto su antigua fe o volvían abiertamente a ella, como los judíos “marranos” o criptojudíos, a quienes torturaba y expropiaba todos sus bienes. Sandoval, máximo inquisidor —sería el orgullo de Tomás de Torquemada—, quiere hacer valer su propia ley, la de la Iglesia, por encima de la ley de los civiles y de ideas y confesiones distintas a la católica (y despreciando a los homosexuales de esa religión). Cuando menos los antiguos inquisidores discutían en hondos términos teológicos, pero al integrista Sandoval le basta con lanzar dicterios y anatemas a quienes representan un peligro para sus trasnochadas nociones de sexualidad, familia y sociedad.
¿Y qué decir sobre la proverbial brutalidad de la policía del Ayuntamiento de Guadalajara, ahora enderezada contra trabajadoras sexuales indefensas? Con el pretexto del Operativo Rescate, que supuestamente se planeó para combatir la prostitución infantil, la policía irrumpió violentamente en bares, cines, hoteles y casas, sin orden de cateo, para detener a media centena de sexoservidoras, las que fueron humilladas, golpeadas, detenidas ilegalmente, desnudadas, videograbadas, exhibidas y extorsionadas (véase la nota del diario Público Milenio del 24 de agosto). “El operativo valió el costo”, declaró el alcalde priista Aristóteles Sandoval. ¿De veras para rescatar a 11 menores era necesario tratar como basura a mujeres que no tienen otra manera de ganarse la vida? ¿De verdad no puede haber justicia sin brutalidad en este país?



