Una vergüenza
La rifa del tigre
Carlos Puig
El jueves en la noche, en el programa de Salvador Camarena en W Radio, la panista Cecilia Romero, encargada del Instituto Nacional de Migración, dio una respuesta increíble a un cuestionamiento sobre cuántos secuestros de migrantes había en México.
Dijo la señora algo así como que ella no podía saber cuántos secuestros había porque los inmigrantes centroamericanos indocumentados se escondían y entonces, pues ni cómo hallarlos, ni cómo saber. Ese es el costo de nombrar a amigos en lugar de profesionales en puestos de responsabilidad pública.
Óscar Martínez es un periodista salvadoreño que durante un año vivió y convivió con inmigrantes centroamericanos en su camino desde sus países de origen a la frontera entre México y Estados Unidos. Sus crónicas están reunidas en un extraordinario libro periodístico: Los migrantes que no importan.
Óscar lo tiene claro: desde 2005 hay los primeros reportes de Los Zetas apoderándose del negocio del tráfico de migrantes de Chiapas al Rio Bravo. Así lo señalan reportes policíacos, denuncias y organizaciones de derechos humanos. Y en muchas ocasiones ese trabajo se hace en complicidad con los trabadores del Instituto de Migración y los de la Policía Federal.
Dice y escribe Martínez: “Desde 2006 era común escuchar en el sur mexicano historias de migrantes que, con terror, se quejaban de los operativos en los trenes; aquellos donde, casi siempre de noche, los agentes de Migración, policías federales o militares encendían luces de manera repentina para que la máquina parara y todos echaran a correr. Era un sálvese quien pueda. Muchas veces esos operativos ocurrían en sitios donde flanqueaban los vagones dos empinadas pendientes. Había hasta dos operativos en cada ruta”.
Agentes del Estado mexicano aterrorizando centroamericanos, casi por diversión. La CNDH y otras organizaciones han documentado las miles, literalmente, miles de denuncias de abusos en contra de los migrantes de parte de narcos, policías y empleados del INM.
En todo ese año, la señora Romero se ha escondido.
El jueves en la noche Salvador Camarena le preguntó si pensaba renunciar después del brutal asesinato de 72 centro y sudamericanos en San Fernando, a partir de las nulas acciones que en los últimos cuatro años se han tomado para resguardar los derechos de quienes, desesperados, buscan llegar a Estados Unidos a través de nuestro país. Por supuesto que la respuesta fue no. Como en otros casos, este es un gobierno en donde la responsabilidad política no existe; a veces ni el decoro.
Que quede claro. El gobierno no mató a los migrantes. Pero después de años de denuncias en oídos sordos, la escena macabra de Tamaulipas estaba acechando. ¿Qué se hizo para intentar prevenirla? ¿Qué cualidades tenía la señora Romero para ocupar el puesto que ocupa? ¿Con qué cara podemos ahora reclamar el trato que se da a los migrantes mexicanos en Estados Unidos?
Por donde se le vea, la atrocidad de Los Zetas contra los pobres entre los pobres revela nuestras vergüenzas institucionales. Sí, sordos, una vergüenza. Como para taparnos la cara con una bolsa.



