La mecánica del Monsi

Pepe el toro es inocente

Jairo Calixto Albarrán

  • 2010-06-26 | Milenio semanal
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Ilustración: Blumpi

No hay mexicano que carezca de una historia con Monsi, construida desde la intimidad o las arbitrariedades de la causalidad, pues desde el don de de la ubicuidad del que disponía el profeta de la Portales no es necesariamente imposible que cualquiera haya podido rozarse con él y la nube de monsifans que revoloteaban a su alrededor. Es increíble la cantidad de compatriotas que se lo encontraban en mercados, plazas, mítines, aeropuertos, conciertos, tianguis, discos, antros de vicio y perdición, templándole el acero a la sociedad que se organiza. Si sumáramos todos estos cuentos de amor y devoción, es muy probable que tuvieran que existir mil y un Monsis para darle rumbo y certidumbre a todos estos relatos de fugaces entrecruzamientos. El que más, el que menos, compartió el pan y la sal, o le entrenó algún gato, le enseñó los caminos de la vida, que no son los que Carlos pensaba, o le explicó que no es el humo del cigarrillo el que lo hizo llorar. Con cualquiera que hables sobre Monsiváis podrá relatar con viveza un encuentro ferviente pero inesperado, revelará la frase fundamental que el propio maestro tatuara en su alma llanera o describirá con detalles imposibles cómo dependió de él para resolver un acertijo de tintes sociológicos.

Monsi tuvo que morir para ponerse de moda y, sin copyright, convertirse en oscuro objeto de deseo en esta competencia por la mejor historia sobre su insólita persona que, dadas las condiciones del tsunami oral que se ha desatado alrededor de su memoria, va que chuta para encarnar un daño colateral.

Por eso me guardo mis momentos Monsiváis, porque palidecen ante las epopeyas mitológicas de los otros, donde el protagonista no es el de la nívea y desmelenada cabellera sino quienes las construyen desde las maravillas de la licencia poética autocomplaciente. Quién puede competir con quienes prácticamente le obsequiaron el primer ejemplar de Chanoc, le presentaron a Juan Gabriel, estuvieron a punto de convertirlo en chica Almodóvar o lo treparon al ring para que conociera al Santo, al Cavernario, a Blue Demon y al Bulldog.

Por eso a mí ya nada más me queda hacerle un extrañamiento a Carlos (lo de su eternamente aplazada salida del clóset me tiene sin cuidado, porque, como escribió el maese Wences Bruciaga en su columna de Milenio Diario de Monterrey, en el fondo eso es irrelevante respecto a su obra.

Aún así, me quedo con la reflexión de don Wences cuando se pregunta, ¿es el clóset una imposición, una decisión o un derecho? Esto, por haber partido sin dolor cuando más me urge una respuesta aclaratoria, con notas a pie de plática, sobre una de las características más curiosas y misteriosas del Mundial: cuando un portero del equipo contrario al de México realiza el saque de meta, justo cuando sus estilizadas zapatillas de estrambóticos colores tocan el Jabulani de mis pecados, la compatriotiza, debidamente acompañada por criaturas de otras naciones inoculadas con el mal, gritan al unísono: ¡Puuuuuuuuutoooooooooo!

¿Qué será? ¿La manifestación de una velada homofobia de la cual hasta los gays menos homófobos participan, tal como muchos se ponen a saltar cuando Molotov berrea aquello de que “el que no brinque es puto?”.

Ay, Monsi, tantas dudas y tú sin poder catequizar a tanto indio remiso.

jairo.calixto@milenio.com
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