Los superhéroes que nos dieron patria
En nuestros cómics de superhéroes revolucionarios Zapata aparece como un hombre alto, musculoso y tirando a blanco; todo un metrosexual.
Los superhéroes de Estados Unidos nacen desde coyunturas muy particulares: la posguerra, la guerra fría, los ataques del 9/11. Cada vez que sucede una conflagración el espíritu nacionalista debe reforzarse y una nueva camada de defensores ve la luz. ¿Cuál es la coyuntura del superhéroe mexicano? Sin duda la del pasado, la del héroe histórico: “Los héroes que nos dieron patria”. De Cuauhtémoc, quien soporta el tormento hasta el final, al cura Hidalgo que nos dio la Independencia anhelada, resulta que los niños no son los famosos Héroes de Chapultepec, sino nosotros mismos.
EL POTRILLO DEL SUR
“El departamento de historia vive en un edificio diferente al departamento en el que vivimos los artistas”, dijo alguna vez Alfonso Arau, quien en una de sus acostumbradas cintas de fantasía romántica mexicanista (véanse la muy decepcionante Calzonzin inspector o el hitazo turístico Como agua para chocolate, películas en las que nos presenta las cosas de la manera en que jamás nos las imaginamos, ni quisimos hacerlo), escogió a uno de los héroes predilectos de la imaginería heroica nacional para, en 2004, rendirle un homenaje increíble: Zapata, el sueño del héroe es una telenovela en la que el artista se toma todas las libertades posibles porque, explica, el mismo Zapata se le apareció en un sueño pidiéndole que filmara una versión que no fuera la “acartonada y falsa que se ha convertido en dogma en los libros de historia”. Esta afirmación está más emparentada con aquella felicitación de Vicente Fox a una anciana porque no leía el periódico, rematada con la inolvidable frase: “Va usted a vivir más contenta”, que con un proyecto artístico serio. Si el propio héroe le dio licencia poética, entonces que Zapata sea Alejandro Fernández, y que el cast lo completen Jaime Camil y Lucero. Qué mejor que a Victoriano Huerta lo interprete el cada vez más insoportable Jesús Ochoa, quien más tarde saldría dando marometas como de oso panda en un video del mismo Potrillo, en una terrible copia de Weapon of choice, el video de Spike Jonze para la canción de Fatboy Slim.

Si Alejandro Jodorowsky, mentor de Arau en los años sesenta, dirigiera películas de La India María, le saldrían mucho mejor que Zapata. Lo que en Jodorowsky es delirio en Arau es desvarío. Uno de tipo místico, capricho personal devenido en “churro” carísimo. Porque el Zapata de Arau no se presenta como fue, sino como él quisiera que fuera: para qué necesitamos a la estorbosa Historia si podemos manufacturar un Doroteo Arango más charming. No importa que los lectores de Los Supermachos (en el caso de Calzonzin...) se sientan defraudados o los historiadores (en el de Zapata...) ofendidos. No se trata de complacer a nadie, sino de cumplir el sueño del artista.
En un chiste de Rius un reportero le preguntaba a una señora qué prefería, si las películas de charros cantores o de charros a caballo. La mujer respondía: “Las de charros cantores”. El reportero volteaba a la cámara y decía: “Como pueden ver, al público le gustan las películas de charros”. Los superhéroes son nuestros charros. Los charros son nuestros superhéroes.
Zapata no es el primer héroe que Arau llevó a la pantalla grande, pero sí el más desorbitado. El águila descalza —“Rápido y certero como ‘Batman’ (cuando puede...!)”—, un superhéroe urbano, fue primero, mucho mejor logrado y sin los tumbos en ese fallido surrealismo de Zapata de cuando el Arau a Go Go se volvió Arau Gaga.

LOS SUPERHÉROES QUE NOS DIERON PATRIA
En el año 2000 la editorial chilena SALO lanzó un producto llamado Mitos y leyendas, una combinación de álbum de estampas y juego de rol de tarjetas coleccionables TCG (trading card game). La colección Mitos y leyendas se conforma de varias series o expansiones de temática fantástica: Vikingos, Profecías, Invasión, Éxodo, Orígenes, Duna, Inmortales, Dominus, Corsario y un largo etcétera. Años más tarde, en 2008, de la mano de Editorial Televisa, fue presentada Insurgentes, una colección producida especialmente para el público mexicano. El texto de presentación del producto reza así: “Insurgentes tiene como tema central la Revolución Mexicana, presentándonos todos los personajes, situaciones y lugares creados a partir de esta épica conflagración, cuyo resultado sería la creación del México moderno. Atrévete a luchar al lado de Emiliano Zapata, Francisco Villa y Porfirio Díaz, ondea en alto la bandera de México, y prepárate para enfrentar la realidad y la leyenda de la Revolución Mexicana como nunca antes imaginaste hacerlo”.
Las tarjetas (140 más 15 especiales) tienen impresa la imagen de un personaje. El jugador que posee la tarjeta de determinado personaje lo “interpreta”. El personaje es él. La tarjeta incluye información sobre sus habilidades y, como en toda colección de este tipo, la serie se compone de tarjetas de distintas categorías: Ultra Reales, reales SP, Reales, Cortesanos y Vasallos. Con las tarjetas se libran batallas, recreando la guerra de Madero, Villa y Zapata en contra del tirano Díaz. El estilo de los dibujos es aquél del de los cómics de superhéroes: Emiliano Zapata aparece como un hombre más bien alto, musculoso, siempre en posiciones dinámicas y de piel no muy morena, sino más bien tirando a blanca. Todo un metrosexual cuyas habilidades se enlistan así: “Única. Furia. Inbloqueable (sic). Exhumar. Retorno”. Este Zapata (más parecido a la versión cinematográfica de Alejandro Fernández) es de raza “rebelde” y, se indica en la carta: “Tu espíritu vivirá por siempre en lo alto... jamás subyugado”. Como una frase de superación personal o un horóscopo matutino.

Otros personajes, como las soldaderas, tienen un parecido físico a las voluptuosas mujeres de los cómics sensacionales: guapas, sensuales. La guerra de revolución se torna en fantasía heroica. Un Calabozos y dragones de la revolufia. En una imagen se puede apreciar que, con tal de mantener la pose heroica de Zapata (a quien los músculos se le marcan igual que a Spider-Man a través del espándex), la bandera de México aparece amarrada al asta del lado equivocado: el del color rojo. Una vez más, el encumbramiento de la imagen del héroe provoca momentos de humor involuntario. Falta saber si a los mexicanos nos hacen falta héroes o si no nos conformamos con los que tenemos. O, mejor planteado, si no nos gusta cómo se ven. “La historia de México es una larga serie de derrotas gloriosas y un pesado directorio de héroes derrotados”, dice Luis González de Alba en Las mentiras de mis maestros. “Un pesado directorio que cargamos cual Pípila a su piedrota”.
El asunto es que no sabemos qué hacer con esa losa inmensa, así que tratamos de embellecerla hasta deformarla y volverla mentirosa y falsa, como el esclavo que besa la mano de su amo o los festejos que armamos por el próximo bicentenario.



